¡Buen domingo, querido lector! Cuando hablamos de los llamados grandes temas: verdad, familia, bondad, política, prudencia, amistad, justicia y tantos más cuyo eco parece eterno en las escuelas, en los clubes, en las conferencias y, por supuesto, en las campañas políticas, es inevitable pensar cuál habrá sido la evolución de estas voces. En la palabra de sus corifeos, los dramaturgos clásicos nos recomendaron reiteradamente el respeto al orden en las ciudades, a la salvaguarda del hogar, al cuidado de la familia, a la veneración de la genealogía.  Y en el discurso de los filósofos sobrevolaron idénticos valores. Desde aquellos tiempos hasta nuestros días, esos conceptos están en la boca de todos, pero sus advocaciones no siempre coinciden con las antiguas definiciones.

     Hay ciertas virtudes –dice Aristóteles– cuya posesión no se pierde jamás cuando han sido el resultado de un hábito aprendido desde la infancia. En  el libro vi de su Moral a Nicomaco –lectura necesaria, urgente–, nos explica su teoría de las virtudes intelectuales, entre ellas la prudencia y sus relaciones con la ciencia política: ambas, dice, son una sola y misma disposición moral, si bien se expresan de distinta manera: valiosa comparación muy digna de ser tenida en cuenta por nuestros políticos al uso: los hombres de Estado pueden dictar decretos porque actúan, a la manera de los artesanos, en la investigación de los satisfactores imprescindibles para la gran familia social.

     Y en cuanto a la política, Aristóteles nos informa que recibe ese nombre por su tarea principal: el beneficio del asunto público y no sólo el de la economía hogareña: la política sale del restringido círculo del hogar para atender la administración de la  justicia en el amplísimo ámbito de la sociedad. E insiste: “el que sabe bien lo que le conviene y se ocupa sin cesar de ello, pasa por hombre prudente, pero los hombres de Estado van más allá: deben velar por intereses más diversos, más amplios.” Obviamente, los hombres de la acción política deben considerar la difícil conciliación de las múltiples  necesidades de una comunidad.

     En cuanto a la amistad, traída y llevada por ensayistas y poetas, en el capítulo VIII de su Moral, Aristóteles nos ofrece su teoría. Escuche usted, entre otras, algunas afirmaciones: el bien, el placer y el interés son las tres únicas causas que pueden dar lugar a la amistad; para ser verdaderamente amigos, es preciso conocerse y saber el bien que desean el uno al otro; los ancianos sólo aman por interés, y los jóvenes por placer; la amistad como virtud es la más perfecta y la más sólida, pero también es la más rara.

     Sobre los temas del día todos podemos aportar algo desde nuestra experiencia, pero ¿no cree usted importante conocer lo dicho por los más prestigiosos y experimentados? Tal vez su significado no sea el que, por ahora, les estamos otorgando. A usted y a mí, carísimo lector, nos han contado mucho sobre estas ideas sin la anuencia de Aristóteles. Vayamos a los clásicos y volvamos su valor original a cada una de ellas hoy tan frecuentadas. Aún es posible enmendar esta falta. ¿O no lo cree usted así?

     ¿Y me leerá el próximo domingo? Gracias. No olvide la  dirección:  https://endulcecharla.wordpress.com

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