¡Buen domingo, querido lector! Diódoro ‒el historiador griego en lucha sin tregua contra los “autores piratas” gustosos de apropiarse de ideas y de textos ajenos‒ afirmó: “Por la escritura los muertos hablan a los vivos y, a través de la palabra escrita, los que están muy separados en el espacio se comunican con quienes están lejanos, como si fueran vecinos”. En efecto, Grecia, madre de la alfabetización masiva, practicó el estímulo a la lectura y a la escritura: van de la mano, ciertamente: la una no se explica sin la otra, si bien cada una de ellas posee exigencias específicas.

     Leer no significa sólo unir palabras y repetir sus sonidos, a la manera de nuestros plumíferos hermanos verdes. ¡No! Leer es acercarse con todos nuestros sentidos, a los significados  que emergen de esos signos maravillosos llamados letras y cuya disponibilidad al cambio depende tanto de su vecindad con otros signos, como de la mirada que los enfrente. La lectura es un arte individual, si bien requiere de ciertos dominios para un mejor acercamiento a la palabra misma. Su poder plurivalente no procede de la figuración entintada en una página: va más allá, mucho más allá: es una fuerza capaz de evocar, en quien la descubre, imágenes, emociones, sensaciones, recuerdos, conceptos: es una  emanación permanente de iridiscencias al encuentro de quien desee abrir las puertas del Universo.

     En nuestros días, ha vuelto a nuestro país el interés que en tiempos pasados capitanearon en famosas batallas los ilustres mexicanos José Vasconcelos y Jaime Torres Bodet. Hoy disponemos de modernísima tecnología, de producción bibliográfica masiva y, evidentemente, de una didáctica poderosísima para que la lectura vuelva a ser el mejor de los hábitos nacionales. No se trata de exigir, fisiológicamente, una lectura obligatoria antes o después de cada alimento. No. Se trata de revisar los programas escolares, las metodologías adecuadas que entusiasmen a la ciudadanía de todas las edades en un sorprendente senderismo lector. A las autoridades “competentes” corresponde vigilar la seguridad de estos caminos.

     La alfabetización es el arma inicial vencedora de la Ignorancia y, en su momento, ya transformada en lectura, nos entregará las llaves secretas para la mayor comprensión del mundo. Si después de esta primera etapa del proceso, escolar o extraescolar, la lectura no mantiene su continuidad en programas superiores, el camino se cerrará y el esfuerzo habrá sido inútil. Leer es como aprender a tocar un instrumento musical o hablar un idioma que no nos es propio: su perfección y dominio natural será el resultado de la práctica cotidiana, formal, disciplinada, que habrá de convertir un ejercicio físico en una expresión espiritual.

     A nosotros mismos, como individuos, nos importa no descuidar esta gimnasia intelectual cuyos beneficios apreciaremos en el desarrollo de nuestra vida social, laboral y personal. Las bibliotecas públicas podrán satisfacer nuestras urgencias en cuanto a temas, autores o épocas. Estas salas son totalmente nuestras y nos están esperando. ¿No acudiremos a su invitación? Ande, ¡vamos a leer!

     ¿Me leerá el próximo domingo? Gracias. Aquí estaré.

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