¡Buen domingo, querido lector! Sí, me refiero a esa época en la que vemos en el Amor la meta de nuestra vida, y necesitamos ponerle nombre y cara y hasta oficio a ese ser inconsútil cuyas alitas revolotean en nuestra joven vida, y nos hace danzar sin tocar piso. Según nuestra urgencia, cuando encontramos a un Alguien lo vestimos con todas las virtudes anheladas, lo imaginamos con todos los dones más poderosos y hasta increíbles. Y nuestro corazón se expande como si nos lo estuvieran sacando a cubetazos. Se inicia en nosotros un reto: poseer a ese Alguien, convencerlo de que somos su ineludible “otra mitad”. Y nuestra loca imaginación lo dota de belleza, fortaleza, inteligencia, solvencia moral y económica, brillantez profesional, futuro inmejorable, fidelidad canina, sapiencia en la administración de bienes e ideales, seguridad, confianza, y todo lo que nadie posee de manera natural como no sea un fenómeno del universo.

     Esta etapa amorosa crea en nuestra fantasía la posesión de altísimos bienes para lograr absolutamente todo. Si nos enamoramos de un Alguien con conocida afición etílica –como dicen ahora nuestros cultos agentes de tránsito, nos sentimos muy, pero muy capaces de quitarle esas indecentes manías; si él es “mujeriego”, pensamos que nuestra pasión lo convertirá en el casto José; si es un holgazán reconocido, estamos seguros de transformarlo en el más responsable de los seres sobre la faz de la tierra. Y si una ella no es un modelo de orden doméstico, la dama, por amor a él, se creerá competente hasta para administrar el planeta, mantener el hogar brillando como tacita de plata y recibiendo a su amo y señor cada noche con los hechizos de Rita Hayworth en sus películas más escandalosas; y si es medio locuela, ella, ¡por él!, llevará la castidad hasta el martirio.

     Sí, pero estas ideologías viven en nuestra mente cuando somos novios. Cuando pasamos a la categoría catastral de casados, el mundo suele presentarnos la vera imagen de una realidad ya intuida: ¡pero no esperábamos tanta fealdad! El mundo se nos desploma y aparece la verdad: nuestra respuesta al reto era sólo imaginación.

     En la política, ese cortejo a la ciudadanía, es exactamente igual. En estos momentos encapillados, nuestro noviazgo transcurre a la espera de una gran felicidad avizorada para nuestro futuro. Vivimos la etapa de las promesas, de las ilusiones. Al igual que los casados varias veces, somos ilusos y volvemos a confiar ‒una y otra vez‒ en la luna de queso aderezada con miel. Pero, amigo mío, ¿no deberían habernos crecido ya los colmillos? ¡No podemos confundir a nuestros galanes con caballeros de lanza en astillero dispuestos a dar la vida por nosotros! Nuestro momento tiene problemas muy fuertes para resolver ¡de inmediato! ¡seguridad, alfabeto, pan, salud, cultura, en cualquier orden, ¡cualquiera es muy bueno, terriblemente necesario, desesperadamente urgente!

     ¿Cuál de los pretendientes a nuestro blanco voto, carísimo lector, podrá tener los tamaños suficientes, la veracidad sin tacha, la fortaleza y la hombría de bien cuya presencia requerimos para sacar el buey de la barranca?

     ¿Lo espero el próximo domingo? Gracias. Aquí estaré.

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