¡Buen domingo, querido lector! Qué le parece si hoy hablamos de esas voces cuyo plurivalente fardo semántico a veces nos complica la vida. Veamos el caso de la palabra experiencia. Sabemos de ese inexplicable ensalzamiento a lo virginal, a lo impoluto, a lo inmaculado, al mismo tiempo que la explicable admiración por la experiencia en desdoro de la inexperiencia. Seamos casuistas y, sobre todo, pragmáticos. ¿Qué sucede cuando descubrimos en la biblioteca pública algunos libros intonsos, muestra inequívoca de una absoluta pureza de consulta? ¿No acaso sentimos gran tristeza por ellos? Esta “pureza” es, no cabe duda, un hecho imperdonable. ¿Y qué me dice de la más común de las anécdotas? Sí, la de los recién egresados de la educación superior a quienes se les niega un empleo a pesar de todos los títulos y reconocimientos  abonadores de su inmejorable historia académica, ¿y por qué? pues porque no tienen “experiencia”. Esta “pureza” laboral es, definitivamente un engorro. En apoyo de estas historias, escuchemos las frases avaladas por la sabiduría popular y repetidas mil veces por nuestros antepasados: “la experiencia hace al maestro”, “el error de ayer es el maestro de hoy”, “fabricando aprenderás a fabricar”, “la experiencia enseña a soportar con valor el infortunio”, ”el que más practica, más aprende y más sabe”, “la experiencia es la madre de todas las habilidades”. Y aún más: “Creed en el experto”, ha dicho el eterno Virgilio. Y Ovidio, en su inolvidable Arte de amar, afirma: “Es la experiencia la que hace a los artistas”.

     En los casos anteriores, el referente común es la experiencia relativa a los conocimientos acumulables en nuestro haber en beneficio de la información sobre cualquier campo, y no sólo el laboral, sino también el social, moral, familiar, etc. Pero, como debe ser, juguemos el juego de contrarios: puedo llenar esta columna con mil elogios a la multicitada experiencia, madre de todo conocimiento y de todo aprendizaje, pero también puedo traer aquí otras tantas loas a la pureza, a la tábula rasa, a la ignorancia total. Así parece, por una parte, que admiramos la experiencia y, por otra, que la degradamos despreciando a quienes han enfrentado al mundo y no han permanecido cruzados de brazos esperando “que les cuenten”, todo esto, obviamente, en loor de la inexperiencia. ¿O me equivoco?

     Se trata de nuestra infinita capacidad para dar elasticidad a algunos conceptos: cuando hablamos de experiencias, nos referimos sólo a “algunas” de ellas, y cuando hablamos de pureza, sólo tenemos en mente “cierta” pureza. Carísimo lector, ¿usted podría decirme en dónde debemos consultar los catálogos de lo permitido y de lo no permitido, y quién o quiénes dictan esa moral? ¿No convendría acercarnos sin prejuicios al conocimiento y ser nuestros propios jueces basándonos tan sólo en el respeto a los demás, y considerando siempre que lo bueno jamás daña a nadie, ni a nosotros mismos, y  lo malo  daña a todos por parejo? ¿O usted qué opina?

     ¿Lo espero el próximo domingo? Gracias. Aquí estaré.

 https://endulcecharla.wordpress.com

 

 

Anuncios