¡Buen domingo, querido lector! ¿Sabía usted que el Día Internacional de la Poesía es el 21 de marzo, día de la llegada de la primavera y día en que conmemoramos a Benito Juárez? Tal vez por ser un día tan rico en memorias, la poesía ha pasado sin pena ni gloria. Sí, usted y yo lo sabemos, hubo otros tiempos: las pancartas anunciaban la voz de los poetas en algunos de sus versos más famosos; los nombres de nuestros artistas de la palabra eran escuchados, leídos, admirados; todos se detenían para leer a Gloria Gómez, a Arturo Castillo Alva, a Juan Jesús Aguilar, para sólo hablar de quienes viven en estas tierras porteñas. Tiempos en que la voz de Isaura Calderón era recibida con inmensa alegría y la de Gloria Riestra con mística emoción. Pero un plumazo ignorante y malhadado es capaz de desaparecer hasta la sensibilidad artística. Y todo tiene una explicación. No se puede dar si no se tiene nada. No se puede enseñar si no se sabe nada. No se puede comprender el arte si no se le ha conocido nunca. ¡Qué pena!, diría León Felipe cuando se dolía de la aspereza del ambiente, de la rigidez de las ideas, del letargo cultural.

          No seamos pesimistas, todo tiene un final. ¡Vendrán momentos mejores y recuperaremos las pérdidas por más graves que hayan sido.

          Y alguien se preguntará: ¿por qué hemos de considerar a la alta cultura en sitios tan elevados como para darle un lugar en los programas municipales?, ¿no hay urgencias de índole material más importantes para una ciudad? Pues claro que las hay y son parte del mismo problema. ¿Y por que? Pues porque somos materia y espíritu. Si desarrollamos sólo nuestra parte física para ser muy, pero muy fuertes, y sólo ponemos énfasis en nuestros músculos, nos convertiremos, sin lugar a dudas, en unos autómatas cuyos cuerpos serán tan duros que apenas podrán moverse: seremos monstruos de carne, sin cerebro y sin salud. Si nos preocupamos sólo por el espíritu y tratamos de sólo vivir en la contemplación del espacio buscando el porqué de cada segundo del Universo, y disfrutando de las delicuescencias del espíritu, llegará un momento en el que no podremos movernos como consecuencia de la debilidad física que nos impedirá mantenernos en pie: seremos monstruos sin un cuerpo que los sostenga, inútiles hasta para dar un paso.

          Lo ideal es el equilibrio, esa alerta constante del conocimiento de nuestros límites, ¿hasta dónde debemos llegar?, ¿qué sí y qué no debemos hacer? La finalidad de este equilibrio es la de construir sujetos sanos, conscientes de nuestra situación en el mundo, en nuestro entorno, a sabiendas de que necesitamos de todo, absolutamente de todo y de todos, y debemos formar parte de ese todo, pero en proporciones regidas por la armonía.

         Las ciudades son seres vivos que requieren tanto del desarrollo material como del espiritual. ¿Y cuál es el camino para esta conjunción? La instrucción y la educación; la ciencia y el arte, ellos fortalecerán la vida material y enriquecerán su espíritu.

           Esperemos, caro lector, que el próximo año sea con nosotros la Poesía.

            ¿Lo espero el próximo domingo? Gracias. Aquí estaré.

 

 

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