¡Buen domingo, querido lector! Me entristecen las celebraciones de nacimientos y muertes ilustres. Muy merecido, sí señor, pero preferir a unos es preterir a otros y eso no suena bien. Quien ha colaborado para dejar su impronta participando en el desarrollo social merece un justo reconocimiento. Pero no siempre ha de ser espectacular. No todos los actos ni las grandes obras llegan a la luz pública. Hay héroes anónimos, decisiones salvadoras de un pueblo, acciones purificadoras del mundo, sí, pero quienes las han realizado han tenido en su favor ciertos genes, un especial carácter, una oportunidad específica. Hay soldados cuyo sacrificio llegó a su culmen cuando un instante se los exigió y vivieron el momento preciso para ofrendarse en ese momento y no en otro.

    Los poetas cuyo instrumento de expresión es el lenguaje escrito, han recibido el don maravilloso de transmitir su imagen del mundo, pero no siempre serán leídos por el lector ideal. El arte es un producto no comercial cuya presencia no está incluida ni en los bienes llamados comunes, ni en los de primera necesidad, si bien en ciertos grados colabora, opulentamente, en la economía de los países. Para lograr el binomio poeta-lector es necesaria una coincidencia de la cual no siempre se dispone: una gran escala que se inicia en la educación y culmina en la política nacional.

    Si llamamos poeta a quien posee las voces anunciadoras de sus encuentros, y ellas iluminan a quienes no han mirado aún lo que él mira ni comprendido lo que él sabe, reconoceremos que el poeta no siempre dispondrá de los medios para la comunicación mayoritaria. Tal vez sólo será escuchado  por sus más cercanos ‒no siempre sus amigos‒ o por quienes tengan bien  dispuestas las armas culturales aptas para leer más allá de la palabra escrita. Es posible que ese artista no logre publicar una línea de sus escritos, o lo haga brevemente en un diario de su  localidad. Pero dígame, caro lector, porque su ámbito social es muy reducido, ¿él no debe ser llamado poeta? Y cuando su voz sólo sea un eco en el tiempo, ¿no debemos recordarlo?

      ¿Cuántos versos han perecido en la oscuridad de un desgarrado cuaderno que habitaba en el bolsillo de un poeta cuya vida ha transcurrido  ejerciendo otros oficios muy ajenos a su estro? ¿Cuántas voces, en busca de caminos, han tocado a las puertas de un taller? ¿Cuántas plumas de arena, de canto y de sangre han sido ofendidas con las tachaduras de instructores no profesionales? Y sólo por estos malhadados percances, ¿ellos no merecen el nombre de poetas?

      Celebremos a Cervantes, a Shakespeare y a tantos hombres cuyos rayos poderosos han llegado hasta nosotros. Pero celebremos también la voz anónima del humilde descubridor de las grandes metáforas de la vida, del magnífico batihoja que ha grabado en el diamante de su pensamiento las imágenes más bellas de su fantasía, esa fantasía entrañable que ha debido huir hacia las alturas. ¿O no lo cree usted así?

      Y usted, carísimo lector, ¿hace versos? Ande, cuénteme. ¿Lo espero el próximo domingo? Gracias. Aquí estaré.

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