¡Buen domingo, querido lector! Esta palabra no es desconocida La hemos escuchado como algo peligroso, equivalente a una adicción nada saludable. El diccionario, en su infinita superficialidad, la define como una “afición o inclinación hacia alguien o algo”. Con esa brevedad casi espartana, el diccionario no se compromete a calificar como buena o mala o recomendable o despreciable la citada “afición o inclinación”. Lo supongo: hay apegos convenientes y otros inconvenientes, según el cristal con que se mire, como dijera el ilustre Calderón. Lo favorable para unos puede no serlo para otros. Y a la inversa, por supuesto. Veamos el asunto de manera más cercana. ¿A qué le solemos tener apego?, ¿a lo acumulado desde nuestros años mozos y desahuciado periódicamente cuando nos mudamos y nos estorba o nos harta? Aquí están incluidas las libretas escolares, los cuadernillos de dibujos, las boletas de calificaciones, las fotos de todos los muertos, y demás chucherías sin ningún sentido en este hoy cotidiano. ¿Es benéfico este apego? O en el caso de la afición a los amigos con quienes por miles de razones –en realidad con una bastaría–  ya no conversamos porque no pertenecen a nuestro mundo actual o habitan otro continente y, a pesar de que compartimos el kindergarten y algunas horas decisivas en nuestra vida, si volvemos a verlos no los reconoceríamos como no fuera para dolernos de nosotros mismos. ¿Le parece a usted sana esta afición?

     Dejemos aquí objetos y personas. Vayamos al terreno de las ideas. ¿Hemos hecho el recuento de ese ideario seguido con fidelidad canina desde nuestros años más verdes porque así nos lo enseñó mamita? Me refiero al ideario moral, a esas sólidas normas de conducta, sine qua non, temidas particularmente en los años de juventud y quizá en algunos pocos de la madurez. ¿Cuántos puntos hemos modificado o tachado a ese articulado original tan sólo para sobrevivir en la comunidad pujante? ¿Cuánta ropa, cuántos libros, cuántos filmes, cuántos restaurantes y hasta cuántos amigos hemos preterido y hasta excluido impunemente, para estar in?

     ¿Y nos ha durado mucho la mohína por los desapegos, por los abandonos, por los olvidos propios y extraños? ¡No! Hemos aprendido a olvidar para poder vivir. No, por favor, no lea esta última frase: suena a tango. ¿Y acaso no hemos olvidado el tango y el bolero a no ser porque lo regresas a nuestra memoria la espléndida voz de algún devoto como don Enrique Esqueda?

     Carísimo amigo lector, los apegos son afectos adventicios, van y vienen.  Delicadas flores de un instante, unas horas sin riego son suficientes para que mueran… pero, si esto sucede, usted y yo, supervivientes insensibles e infieles –como debe ser, por algo hemos sobrevivido–, saldremos  de inmediato en busca de nuevas plantas, de nuevas aficiones que hagan felices nuestros más próximos segundos. ¿O no es así? ¿No? Pero, ¿por qué? Ande, estamos solos, cuénteme: ¿de qué apego podría deshacerse ahoritita mismo?

            ¿Lo espero el próximo domingo? Gracias, esta columna sí necesita de su apego. Aquí estaré.

https://endulcecharla.wordpress.com

Anuncios