¡Buen domingo, querido lector! Shakespeare lo cambió todo, afirma Stephen Marche (Taurus, 2014), quien considera al escritor inglés el verdadero iniciador del teatro moderno. Es posible. Lo cierto es que Shakespeare rescató e identificó ese inconsútil lazo unificador de todos los individuos participantes del planeta y tuvo el valor de descubrirlo en él mismo; su capacidad de observación hizo el resto: contemplar al mundo y sus circunstancias desde el pasado más remoto hasta el de su presente. Así como Lutero dio cohesión a la lengua alemana, Shakespeare enriqueció la lengua inglesa, la dotó de nuevos giros: en esa hora sólo sintagmas no muy elegantes sobre todo para las altas esferas sociales a veces disfrazadas entre los asistentes al Teatro El Globo, en el Londres de calles enlodadas y caminillos peligrosos. Fue, desde luego, un fundador, palabra poderosa si pensamos en Esquilo, Sófocles y Eurípides, para sólo recordar a los trágicos más ilustres.

            Entre las puestas en escena del siglo XVI y principios del XVII y las maravillas de nuestro teatro actual media un océano: En aquel contexto los autores debían quintaesenciar las realidades de un ambiente un tanto pútrido, con vocabulario muy áspero, y manifestarlo en situaciones actorales afines con esa atmósfera. Eran comunes en el escenario las escenas eróticas de grueso calibre: el “amor cortés” era algo muy lejano; el reflejo de las relaciones amorosas limítrofes con ciertos grados instintivos se contradecían con la elegancia ridícula y propia de las clases llenas de formulismos donde “los sentimientos” eran parte de la coreografía social. Con los roles femeninos personificados por varones, y un vocabulario bastante soez, el teatro lograba encarnar la vida de todos los días para que fuera aceptada por “el gran público”  Hoy el teatro mantiene este propósito de conciencia palpitante de su momento.

            Además de un público no totalmente alfabetizado, pero participativo, de hecho y de palabra, podemos agregar algunos elementos materiales un tanto ingratos: las salas no tenían lunetas ni luz eléctrica, los pisos no estaban alfombrados; no había “tocadores” para el público, etc., y en este etcétera incluya usted la carencia de las comodidades tan propias de nuestros días cuando asistimos al teatro. Su imaginación, caro lector, puede darse vuelo. Dramaturgos y actores eran auténticos héroes del arte.

          La Compañía de Teatro del Espacio Cultural Metropolitano ofreció, en la pasada semana, la función 25 de Trabajos de amor perdidos. Con la adaptación de Sergio Aguirre, la original puesta en escena de la obra, la complicidad de la interesante distribución de las lunetas y el gozoso entusiasmo de los actores, Sandra Muñoz y su espléndida Compañía nos trasladaron al Londres de 1594-1595, años de presentación de Love’s Labour’s Lost,. Durante abril y mayo de este 2016, Shakespeare volverá al metro en conmemoración de los cuatrocientos años del escritor inglés. Shakespeare está en nuestro destino.

            ¿Platicamos el próximo domingo? Gracias. Aquí estaré.

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