¡Buen domingo, querido lector! Permítame iniciar este novísimo 2016 con un tema concerniente a la retórica: la ironía. Ésta es una figura de abolengo clásico: “afecta la lógica ordinaria de la expresión”, según nos informa Helena Beristáin en su imprescindible Diccionario de retórica y poética: “Consiste en oponer, para burlarse, el significado a la forma de las palabras en oraciones, declarando una idea de tal modo que, por el tono, se pueda comprender otra, contraria.” Así, podemos resumir: “es el empleo de una frase en un sentido opuesto al que posee ordinariamente.” Veamos un ejemplo: si le llamo guapísima a una señorita a todas luces fea, pero siempre dispuesta a parecer hermosa, quienes oigan mi comentario sabrán que estoy haciendo notorios los lamentables intentos de esa joven por una belleza imposible. De igual modo, si elogio la valentía de quien tiene fama de cobarde, si califico de honrado a quien  acaba de abandonar la prisión por haber cometido fraude, o si llamo cumplido y honesto a un funcionario de tradicional fama de incumplido y deshonesto, estoy valiéndome de la figura llamada ironía, misma que me permite evidenciar las vergonzosas manías de las personas referidas. A su vez, la ironía se realiza mejor si el sujeto citado posee una mínima conciencia de su realidad: hemos sabido de personajes plenos de beneplácito ante los calificativos aplicados a su persona, asumiéndolos por buenos y merecidos. Estos caradura se colocan en una de estas dos posiciones: 1) consideran su conducta como correctísima y creen justo el “merecido elogio”, o 2) consideran al tirador de ironías como a un tonto ignorante de la verdad.

       Para evitar los malos entendidos y ejercer la ironía con elegancia y eficacia, conviene aplicar las normas gramaticales con justeza, de modo que sus dardos florezcan en el texto.

         En los juegos del lenguaje también hay grados. La ironía puede llegar hasta el sarcasmo, cuya mordacidad resulta “cruel, brutal, insultante y abusiva” si “se aplica a una persona indefensa o digna de piedad” o si “la víctima” está ausente, o no puede o no sabe defenderse.

       En casos más precisos, “la exageración burlona” de ciertos rasgos propicios a llamar la atención del común de la humanidad: tartamudeos o cojeras de cualquier clase, entre otras particularidades físicas, conduce a la caricatura, no siempre representada en cartones. Conocemos textos de ilustre autoría entre cuyas víctimas han sido incluidas no pocas majestades.

          La ironía es una de las figuras de mayor riqueza de aplicación textual y  ha logrado realizar en el discurso modelos de espectacular fama oratoria y, por ello mismo, dados los efectos logrados por su agudo filo, su reputación de arma peligrosa es cultivada especialmente, en las épocas adecuadas, por los escritores políticos.

       ¿No cree usted, amigo lector, que las bondades retóricas, en su jugueteo, pueden proporcionar algún divertimento a cambio de algunas desdichas? Por supuesto, los límites no siempre dependen del escritor. ¿O usted qué opina?

         ¿Y me leerá el domingo? Aquí estaré.

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