¡Buen domingo, querido lector! Una buena lectora najeriana me ha recordado un texto clásico −por su escritura y por su tema−, aparecido en la serie “La vida en México”, el 22 de abril de 1883 en el periódico La Libertad, de la Ciudad de México, firmado por El Duque Job, y recogido como “Los placeres del lujo” en el volumen antológico Espectáculos (selección, introducción y notas de Elvira López Aparicio, UNAM, 1985).

          Permítame traer aquí algunas líneas indicadoras de distancias en esa fiesta de los amantes de los caballos a la que, a la luz de diferentes estéticas, asisten todos, absolutamente todos:

      Los pobres mismos se dirigen a pie, formando enormes caravanas, al hipódromo, viendo los trajes, los caballos y los coches, como mira el granuja las alhajas expuestas en el escaparate de una tienda. Esta diversión no se ha hecho, seguramente para el pobre. Es necesario haber comido bien, rociando la jugosa carne, que todavía derrama sangre, con prolongados sorbos de burdeos; llevar dinero en la bolsa y billetes de banco en la cartera; ir en carruaje; tener amigas a quienes ver y cortejar; hacer apuestas y ocultar en el fondo del mail coach las botellas prusianas del champagne y la rubia cerveza, color de ámbar, directamente recibida de Estrasburgo; es necesario que la piel de Suecia liberte las manos de las mordeduras del calor y que pueda apostarse en las tribunas una caja de perfumes contra un guante, o una yegua irlandesa contra un rizo.

          ¿A qué acuden los pobres al hipódromo? […] El atractivo poderoso de esta fiesta consiste en ese lujo y esa vida de la que no disfrutan los humildes; en las miradas que se cruzan y los tapones que disparan las botellas; en las plumas que riza el aire de la tarde y en los encajes que se mueven como alas palpitantes de libélula; en el dinero que se expone y en las sonrisas que se ganan; en el raso que brilla, el oro que suena y el aire que trasciende a esencia de violeta.

        Sí, éstos son otros lujos, los hemos visto cuando se desperdicia lo más elemental sin pensar en quienes apenas sobreviven no tan lejos de nuestra mirada. Desde luego, no tenemos por qué afligirnos: hemos hecho prolijamente la tarea asignada; hemos acatado las normas exigidas; hemos sido buenos alumnos, buenos ciudadanos, buenos funcionarios, buenos padres, buenos hijos. ¡Estamos bien con nuestros dioses! Pero, ¿sabe usted?, quisiera dejar de escuchar el eco de un par de  preguntas inolvidables, de esas que escuecen el ánimo y no saben cicatrizar. Me las hizo un amigo cuya ausencia aún deploro, pero que Dios confunda por semejante regalito: “Y cuando te mueras, ¿será muy importante el haber cumplido bien en todos los aspectos de tu vida social y profesional?, ¿cómo qué cosas verdaderamente primordiales no hiciste… pudiendo haberlas hecho?”

          Por supuesto, éstos son acertijos que no deben absorber nuestras horas mientras seamos consecuentes con las exigencias de nuestra posmodernidad. ¿O no lo cree usted así? Como siempre, estamos de acuerdo. Buen domingo, carísimo lector.

Pero me leerá otra vez, ¿verdad? Gracias. Lo espero.

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