¡Buen domingo, querido lector! Sí, usted ya lo conoce, me refiero a la obra de Gilles Lipovetsky y Elyette Roux: El lujo eterno (Anagrama, 2004). Pues hablemos del lujo, pero, ¿a qué podríamos llamar lujo?, ¿al acumulamiento de bienes preciosos no útiles y, por supuesto, muy codiciados y aplicados por algunas sociedades en sus intercambios, llevados en ocasiones hasta niveles de ceremonia?

        ¿Por qué consideramos lujoso a lo no útil? Sólo se me ocurre pensar en los obsequios para personas “que lo tienen todo”, “que no necesitan nada”. Nunca asociaríamos el lujo con los necesitados de un plato de chilaquiles. No se trata de calmar el hambre y la sed de alguien. Usted ya lo sabe, éste es el arte ejercido por las asociaciones caritativas gustosas de estos oficios y cuya existencia sólo se explica a través de ellos. Para nuestros amigos están destinadas lo únicamente bello: objetos banales, pero lujosos, dignos de no ser “usados” jamás. Perdón, ¿dije “a nuestros amigos”? No, también a nuestros enemigos: los obsequios liman “asperezas”, procuran “alianzas”, consiguen “contratos”, logran el maravilloso “don del olvido” El lujo, con su brillante y áurea cauda, conduce al progreso y no al progreso vital, sino al cosmos jerárquico, casi teológico ¿Se ha fijado usted en la parafernalia desplegada por algunas religiones?

        El lujo también tiene sus seguidores minúsculos: la importancia de obtener lo lujoso, o que lo parezca, ha conducido hacia la industria de las imitaciones y los sucedáneos baratos: ¡el mayor éxito del siglo: ropa, perfumes, accesorios, lencería, muebles, aparatos domésticos… Y los remordimientos de conciencia llenan los voluntariados nacionales.

        No podemos olvidar el valor utilitario del lujo:

“Escaparate del hombre”, la mujer, por mediación del vestir, se encarga de exhibir la potencia pecuniaria y el estatus social del hombre. Eso es innegable, mas a condición, no obstante, de no atenerse únicamente a la mera función de consumo vicario que asimila el papel representativo de la mujer al de los criados y otros empleados domésticos que llevan librea.

      La dignificación de la estética femenina –dice Lipovetsky– fue necesaria para ejercer la inversión moderna del lujo en beneficio del segundo sexo. Esto explica la obsesiva clientela mujeril en los productos fastuosos, incluida la sacralización del cuerpo: ejercicios, masajes, prótesis, dietas, cirugías. Todo para celebrar en himnos “las antiguas armas de Satán hoy convertidas en objetos de alabanzas ditirámbicas y consideradas como la imagen de la divinidad, la obra maestra de Dios”.

    ¿Y el otro lado?, ése que convierte al lujo en espectáculo de los “pobres”, devotos admiradores de plumas y hopalandas en cabezas y hombros estatuarios, de aromas regios en pieles marmóreas… de superficialidades encubridoras de huecos abisales.

      Es indudable, el lujo tiene su razón de ser. Pero, ahora aquí entre nos, ¿usted ha tenido tentaciones suntuarias?, ¿o prefiere la realidad monda y lironda?

       ¿Y lo escucharé el próximo domingo? Gracias. Será un lujo para mí.

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