¡Buen domingo, querido lector! La modernidad se ha convertido en una vanísima palabra, cajón de sastre para quien no encuentra sentido a lo visto o escuchado; calificativo un tanto escandaloso para señalar asuntos de moral casera, modas, actitudes, posiciones éticas, maquillaje, marcas de auto y políticas rastacueras. A la modernidad le achacamos nuestra realidad actual. Pero no es así, seamos justos, ya no vivimos tiempos modernos, sino posmodernos. Hablemos mejor de la posmodernidad, nuestra época, sí, nuestra época.

     Pero, ¿qué es la posmodernidad? Entre otros calificativos, Gilles Lipovetsky –uno de sus estudiosos más agudos– ha llamado a estos tiempos: “el imperio de lo efímero”, “la sociedad de la decepción”, “el crepúsculo del deber”, “la era del vacío”.

Oscilando de un extremo a otro, las sociedades contemporáneas cultivan dos discursos aparentemente contradictorios: por un lado el de la revitalización de la moral, por el otro el del precipicio de la decadencia que ilustra el aument la delincuencia, los guetos en los que reina la violencia, la droga y el analfabetismo, la nueva gran pobreza, la proliferación de los delitos financieros, los progresos de la corrupción en la vida política y económica.

     Éste es un hermoso retrato actual, revelador del síndrome de la posmodernidad, etapa gestada durante la segunda mitad del siglo xx y a la que ahora pertenecemos ya de manera unánime: nos hemos acostumbrado a vivir ese síndrome: a aceptar las formas de la delincuencia; a la asunción de empleos ocupados por ignorantes; al olvido de la palabra servicio; al cínico interés por los beneficios personales;  a la preocupación morbosa por la figura física; al qué dirán; a la necesidad perturbadora de representar lo que no se es y creérselo y, sobre todo, al desconocimiento de voces antaño respetables: ciudad, país, Patria.

      Vivimos posmodernos tiempos light y poseer instrumentos tecnológicos es la meta. La muerte civil llegará si se descubre que no poseemos un celular avant-garde en nuestra mano como báculo de supervivencia: ese objeto representa nuestra carta de presentación, nuestra  posición: es el asistente, el maestro, la razón de ser, ¡la felicidad! ¡una felicidad sostenida en una tecnología de cuyo extremo cuelga un aparatito que nos otorga la certeza de nuestro ser!  Y eso es un muy buen motivo para aspirar a poseerlo: ese aparatito es el camino al paraíso imaginado. ¿Y si lo perdemos?, ¿qué será de nosotros?, ¿tendremos la memoria suficiente para “rehacer nuestra vida”? No, nuestra vida también es light, está integrada por apariencias, por falsos deberes, por metas inútiles.

       Pronto el mundo olvidará el disfrute de lo humano y la importancia de recorrer el camino de la vida a pie firme. Seremos individuos totalmente light, ¡absolutamente felices!, ¡definitivamente posmodernos!

       ¿Me acompañará el próximo domingo? Aquí estaré, sin celular… porque no lo tengo.

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