¡Buen domingo, querido lector! Si bien la crónica ha sido considerada, de manera muy general, como una labor periodística, su participación en la historia le ha otorgado un ámbito de publicación mucho más amplio y una exigencia mayor en su discurso.

     En México, la crónica tiene orígenes remotos e imperecederos: Bernal Díaz del Castillo, quien habló “a nombre de la chusma que nació para obedecer y callar” (Reyes), y Francisco Cervantes de Salazar, cuyas  nobles páginas recogieron “los datos verídicos y las rectificaciones que le iban proporcionando los conquistadores”. De esos años a los nuestros ha habido una inevitable dialéctica modificadora de los intereses temáticos y de su discurso, pero ha mantenido –a veces sólo sostenida por hilos adventicios– su original función informadora.

    Los historiadores y los cronistas parten de sucesos reales, pero no contemplados por la mirada reporteril detenida sólo en un hecho sin asidero en el tiempo, o con el deseo de lograr atención premeditada o, peor aún, calificados con la simpleza de la premura propia de los juicios superficiales. Los textos emanados de la pluma de un cronista están documentados en una realidad inserta en su circunstancia y en su historia. El bagaje cultural del escritor es  su mejor apoyo. Su palabra –exacta y fundamental– se afinca, con  seguridad, en las conclusiones trascendentes hacia el futuro y, a su vez, esclarecedoras del devenir histórico. La cautela es su aliada; el documento comprobable, su mejor obra de consulta.

     Vicente Leñero y Carlos Marín, en su Manual de periodismo  (Grijalbo, 1986), definen a la crónica como el “antecedente directo del periodismo actual. Es el relato pormenorizado, secuencial y oportuno de los acontecimientos de interés colectivo.” A esta definición, aúnan la importancia de la veracidad de lo “narrado” y privilegian la oportunidad de “capturar” lo sucedido en el momento preciso. De los ya conocidos qué, quién, cómo, cuándo, dónde, por qué, “a diferencia de la noticia, cuya función primordial es responder qué pasó, la crónica se sustenta particularmente en el cómo”. En estas singularidades, la historia escolta a la crónica y ésta bien puede tocar los linderos del ensayo: en nuestros días los géneros literarios ya no mantienen líneas fronterizas de difícil penetración. Así nos lo confirman Leñero y Marín al distinguir tres clases de  crónica: “informativa, opinativa e interpretativa”.

     La teoría es abundante, se acrecienta cada día y permite encauzar el género por distintos ámbitos, inclusive el artístico: recordemos esa línea observadora iniciada por Manuel Gutiérrez Nájera en el último tercio del siglo XIX y continuada por José Emilio Pacheco en el siglo xx, nutrida en el deseo inquebrantable de pincelar la Ciudad de México para sus pósteros.

     ¿Qué recogería usted de nuestro puerto para que el futuro sepa de nuestro ahora? Ande, vamos a caminar y a mirar la ciudad… y lo decidiremos.

     ¿Lo espero el próximo domingo? Gracias. Aquí estaré, aunque un poco fatigada de caminar por nuestras baldosas.

 

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