¡Buen domingo, querido lector! La definición más precisa de la palabra seudónimo es la de “nombre utilizado por un artista en sus actividades, en vez del suyo propio”, según dogmatiza el Diccionario. Esta definición nos confirma que se trata de un recurso al servicio de escritores, compositores, actores, pintores y demás creadores de arte. Pero el tema no concluye aquí: el seudónimo es una palabra genérica y tiene detalles específicos con un múltiple abanico de posibilidades. Veamos algunas:

     Cuando un nombre sustituye a otro –uso muy frecuentado– lo llamamos alónimo: Juan Gómez por José Fernández. Si forma una frase al mover el orden de sus mismas letras, se trata de un anagrama (Salvador Dalí: Avida dollars). En el caso de aludir a un título nobiliario, lo calificamos como aristónimo (Manuel Gutiérrez Nájera: El Duque Job). Referido a un santo, lo designamos ascetónimo (Francisco Vega y Mendoza: San Felipe Neri de esta Ciudad). Si se crea con asteriscos, es un asterónimo (Ignacio Ramírez: ***). Y representado por iniciales o por signos, definitivamente, es un criptónimo (Julio Torri: T.).

     Otros seudónimos se identifican con las particularidades temáticas de los textos: son los heterónimos: pertenecen al mismo autor, pero tratan áreas distintas y mantienen diferencias de estilo entre ellos: establecen varias personalidades firmantes.

     Aún más: tenemos nombres de pluma que se apoderan del autor, de sus lectores, de sus amigos y hasta logran el olvido del nombre original de su dueño. Recuerdo al erudito don José María González de Mendoza, distinguido exégeta de la obra del poeta José Juan Tablada. Durante muchos años escribió una columna periodística de interés cultural firmada por El Abate de Mendoza. La identificación entre el autor y el seudónimo fue absoluta y éste se impuso de manera tal que hasta sus amigos más cercanos lo llamaban, tan sólo, Abate.

     Pablo Neruda, poeta, ensayista y miembro del servicio exterior chileno, abandonó su nombre verdadero desde su juventud, y nadie lo recuerda como Neftalí Ricardo Reyes Basoalto. Esto nos hace pensar en las profundas razones que conducen a un artista a hacer dejación de su auténtica realidad onomástica y tomar otra, ya sea por causas de índole práctica o jurídica o emocional.

     Ciertamente, hay ocasiones que requieren de un encubrimiento para evitar riesgos, como al entregar informes no siempre convenientes: diarios íntimos, archivos políticos, opiniones o escolios privadísimos. Otras veces, la excesiva participación en las publicaciones periódicas obliga a guarecerse bajo alias que se responsabilicen de textos de diversos intereses y, así, no fatigar la atención de los lectores. Los motivos son infinitos.

      Y a usted, caro lector, ¿le gustaría usar un seudónimo entre un nuevo círculo de amigos, o en otro país, o en otra actividad profesional? ¿No le parece tentador?, ¿cuál elegiría?, ¿o preferiría más de uno?  ¿Nos animamos a iniciar nuestra nómina secreta? En fin, sólo es una nómina…

         ¿Lo espero el domingo? Gracias. Aquí estaré… y con mi propio nombre.

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