¡Buen domingo, querido lector! Volvamos a la perennidad de los clásicos y aceptemos su actualidad. Por nuestro natural empecinamiento en mantener ciertas formas o actitudes, nos hacemos identificables y predecibles. En estas situaciones se detiene la aguda mirada de los artistas –esos observadores natos– cuya obra recoge los modos que persisten, de manera sistemática, en los seres humanos. ¿Recuerda usted a Pavlov y sus experimentos con los reflejos condicionados? Pues esas conductas reiteradas nutren el tintero y la pluma de todos los narradores del mundo, integran el espejo en el que los lectores nos contemplamos y, en ocasiones, nos producen cierto escozor. Por supuesto, no siempre.

       Ayer, por ejemplo, volví a ver a “la hija del aire”. Sí, usted la ha visto y quizá, como yo, también la ha leído. Es el personaje del cuento de Manuel Gutiérrez Nájera, es la niña victimada por la sociedad, es la criatura trashumante que recorre el planeta con el látigo materno-paterno amenazante tras sus espaldas para que se descoyunte en el alambre (real o simbólico) del que algún día caerá, de manera inmisericorde, a cambio de algunas monedas. Esa niña es la misma que hoy se acerca a la ventanilla de nuestros autos para limpiar el parabrisas; otras, es la que lleva, en una cajita, algunos dulces para vender mientras, agazapada a una decena de pasos, una “madre-empresa” espera el fruto de tal oficio; otras, con grueso maquillaje, hace piruetas mostrando sus núbiles formas ante un público indiferente que, tal vez, le obsequie una moneda.

      La “hija del aire”, de Manuel Gutiérrez Nájera era “equilibrista” y obedecía el flagelo de un padre domesticador, pero hay otras niñas del aire con diferente apariencia: se presentan en algunos escenarios cantando o bailando mientras sus “amantísimos progenitores” esperan entre bambalinas el triunfo que, si la hija amada obtiene en el trapecio de la fama, podrá salvarlos de las garras de la pobreza, sin reconocer que la miseria se aposenta en sus almas.

    También hay niños del aire, indefensos varoncitos destinados al espectáculo como fichas de juego, como divisas al mejor postor. Ellos también cantan, bailan, hacen machincuepas y lo que se les solicite a la espera del juicio de un “jurado calificador”, partícipe de la infamia, quien decidirá su destino: el regreso a la penuria o el camino a la opulencia.

       El fundar la seguridad familiar en la explotación de los hijos, en cualquier tipo de situación, no es una práctica estrictamente circense. Sabemos de tantísimos padres deseantes de una “buena colocación matrimonial” para salvar el futuro económico familiar. Interesantes variables de los contratos bursátiles.

      Sí, caro lector, los clásicos nos dejan ver esas constantes imprescindibles cosidas a nuestra piel, y que, sin discusión alguna, encontramos en el más contemporáneo de nuestros mundos. No cabe duda, Manuel Gutiérrez Nájera seguirá siendo un clásico de nuestras letras.

       ¿Lo espero el próximo domingo? Gracias. Aquí estaré.

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