¡Buen domingo, querido lector! Ítalo Calvino, en su generosidad inmensurable, disculpa nuestro escaso conocimiento de los clásicos. A quienes no hayan cumplido con ese sagrado deber, él les propone decir: “estoy releyendo a…”, en vez de confesar una vergonzante falta. Usted y yo, caro amigo, en cuanto lectores, solemos asediar a los clásicos varias veces: la primera, cuando obedecemos un imperativo escolar, y nuestro juicio tiene órdenes específicas, si bien se aposenta en nuestro intelecto una inquietud provocadora de múltiples desvelos por nuestra incipiente ignorancia ante la sabiduría y la belleza vestidas sin parafernalia alguna: acostumbrados a la petulancia, no distinguimos la natural grandeza. La segunda lectura se hace necesaria cuando alguien nos devela otro modo de leerlos, de descubrir ciertas intenciones, de llegar a ellos por nuevos caminos, de poner en juego múltiples semánticas. Toda lectura posterior será producto de nuestro propio interés: en ellas confrontaremos nuestro íntimo diario de hechos vividos y aprenderemos a “discutir” con los clásicos: a cuestionarlos, porque en todas esas “visitas”, no importa el número de ellas, trataremos sobre bienes comunes: el amor, la muerte, la verdad, la mentira, el honor, la amistad. Y en una dialéctica incontrastable, cosecharemos espigas nuevas de la misma mies: hemos vivido unas horas más y hemos tenido nuevas experiencias y, quizá, algunos sinsabores;  el mundo ha girado, y nosotros, con él, hemos cambiado: somos otros. Los clásicos estimularán nuestra mirada, la fortalecerán, la magnificarán y así disfrutaremos esos diamantes no avizorados: inesperadas grandezas universales.

     “La realidad del mundo –dice Calvino– se presenta a nuestros ojos múltiple, espinosa, en estratos apretadamente superpuestos. Como una alcachofa.” Y agrega:

     Leer por primera vez un gran libro en la edad madura es un placer extraordinario: diferente (pero no se puede decir que sea mayor o menor) que el de haberlo leído en la juventud. La juventud comunica a la lectura, como a cualquier otra experiencia, un sabor particular y una particular importancia, mientras que en la madurez se aprecian (deberían apreciarse) muchos detalles, niveles y significados más.

   Leamos a los clásicos, intentemos comprender su pensamiento acercándonos a ellos en cuanto ideas y en cuanto discurso; sin este principio no nos entregarán su sabiduría. Visitémoslos con frecuencia, sobre todo cuando nuestra vida se haya modificado aunque sea un poquito. En cada encuentro cosecharemos magníficos tesoros y seremos cada vez mejores receptores.

      ¿Y con quién empezar? Pues con ese tan actual que vive entre nosotros: ¿Cervantes?, ¿Shakespeare?, ¿Ovidio?, ¿Sófocles? O si prefiere personajes: ¿Medea?, ¿Edipo?, ¿Otelo?, ¿Ulises?, ¿Don Juan? O quizá algún poeta: ¿Quevedo, Góngora, Garcilaso? Ande, vayamos juntos a la cita. ¡Nos están esperando!

        Y después, ¿usted y yo nos escucharemos el próximo domingo? Gracias. Aquí estaré.

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