¡Buen domingo, querido lector! He recibido una formal protesta por la “enorme desproporción” cometida al afirmar, en mi columna del domingo anterior, que “elegir es renunciar”. Pues sí, amigo protestante, a no ser que posea usted una capacidad de multifamiliar, no veo cómo pueda llevar consigo, mueganeramente –perdone usted este neologismo–, lo que le gusta o quiere o necesita. ¡No, mi amigo, no, no se puede! Veamos un caso muy sencillo. Cuando usted va a un restaurante, el mesero le presenta una carta con el menú “a elegir”, es decir, una lista para elaborar su propia dieta. Y a no ser que sea usted el calumniado Pantagruel, deberá seleccionar sólo una entre varias sopas, una o dos carnes, una o dos ensaladas, algún postre y bebidas, y resignarse… Y aun si posee usted la reputación de tragaldabas, habrá un momento en el que no podrá ingerir más de lo imaginado. La sabiduría natural de su estómago le marcará un alto en beneficio de su salud. ¡No es posible devorar el súmmum de lo ofrecido en la carta! ¡Es necesario elegir sólo dos o tres platos y, por lo tanto, renunciar al resto de lo presentado!

        El ejemplo anterior es muy burdo, pero lo ejercemos a diario. Esto mismo sucede en otros aspectos de nuestra vida, según nuestra edad, nacionalidad, raza o religión. La elección de una escuela cuando somos infantes (esto nos lo infligen nuestros padres); en el almacén, la ropa conveniente para la temporada; una pareja para el mayor tiempo posible, etc. Como consecuencia de nuestra elección, nos olvidaremos de los productos potenciales. En el nivel ideológico, si somos musulmanes, no podemos ser católicos: nuestra apertura religiosa tiene un límite. Si pertenecemos a un partido político, preterimos a los otros.

       Es excepcional ejercer dos o tres profesiones o vocaciones. Por ahí se escucha que de médico, poeta y loco… en fin. Conocemos a quienes, a pesar de su cédula profesional, trabajan como plomeros o electricistas, con mejores ingresos, por supuesto. ¡No hay más remedio! ¡Es urgente llevar el pan al hogar! En fin, sólo son algunos modelos de situaciones.

        Ciertos refrancillos nos confirman los riesgos sobre el violento acto de  lanzarnos a lo bestia sobre lo que tengamos enfrente: “El que mucho abarca poco aprieta”, “El que a muchos amos sirve a todos sirve mal”, etc. Y podríamos llenar de sabiduría popular esta plana para confirmar lo ya sabido: cuando elegimos algo es inevitable renunciar a lo demás.

        Pero se me ha quedado una preocupacioncilla en el tintero y le ruego me auxilie en el encuentro de algunas respuestas: ¿es tan terrible renunciar?, ¿es imposible conocer nuestras verdaderas ambiciones o necesidades o deseos?, ¿por qué consideramos una renuncia como un equivalente a ser despojados de algo?, ¿no es posible subsanar, si bien no de manera total, ciertas carencias?, ¿no podríamos convertir esas carencias en metas importantes para encaminarnos hacia su realización? No tengo las respuestas. ¿Usted sí? Pues si así es, usted sabe elegir y, por lo mismo, sabe renunciar. ¡Usted puede ser feliz!

         ¿Lo espero el próximo domingo? Gracias. Aquí estaré.

 

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