¡Buen domingo, querido lector! Un amigo me pregunta sobre Ovidio. Me remito a la opinión más cercana y justiciera: la de Rubén Bonifaz Nuño, su traductor,  su estudioso, ofrecida en su Ovidio. Arte de hacerse amar  (unam. iifl, 2000). El interés de mi amigo hubiera hecho feliz al poeta latino preocupado por la perennidad de su fama: Yo, aquel que fuera, jugando, cantor de los tiernos amores; porque a quien lees conozcas, posteridad, recíbeme. Y en los breves lindes de esta columna, me detengo en las ideas “más luminosamente evidentes” que Bonifaz Nuño ha encontrado derivadas de la admisión del amor como combate, como fuente de sufrimiento y como inevitable peligro:

          El arte de amar es el arte de hacerse amar, la manera de obligar al otro, casi contra su voluntad, a que ame; de allí que, de modo natural, el amor sea concebido como una suerte de combate en el que hombre y mujer se enfrentan y buscan la victoria. El vencedor de tal combate no será aquel que logre amar mejor, sino quien, empleando los más aptos recursos, recursos que el poema va a enseñar, pueda forzar al otro a mejor amarlo.

          Este concepto formidable conduce hacia esa idea tan ingrata: el amor no conduce hacia la felicidad. Cierto, pero es la cuesta única para disfrutar del placer de ser amado. Esto dice Ovidio; enfrentemos nosotros los dictados de nuestra propia minerva.

          Ovidio no sólo entrega conceptos: convoca a la reflexión sobre la existencia humana, su servidumbre y su libertad, el destino y la vida, los estímulos procedentes de la pasión, la consunción ineluctable con su amenaza inminente –parte de su ensoñación–, y los medios procurados por el espíritu  para retardar o vencer su goce o su sufrimiento.

          De la obra del poeta latino, Bonifaz Nuño espiga algunas frases lapidarias, inconvenientes para vivirlas, pero buenas para meditarlas: Aquel que quiera que lo amen deberá, por ineludible principio, fingir que ama.” Usted y yo, caro lector, ¡nunca hemos cometido semejante villanía!, ¿o sí? Bueno, pero también hemos asumido el riesgo adlátere: “La simulación amorosa encierra siempre un peligro grave: en un momento dado, el sentimiento que se simula puede hacerse real, con todos sus dañosos efectos.” En lenguaje llano: ¡la mentira se transforma en verdad! ¡Dios! –permítame acompañar mi terror con esta invocación retórica. Pero Ovidio nos tranquiliza y sentencia: “Si el Amor es un combate entre la mujer y el hombre, Él entregará a ambos contendientes las armas necesarias para vencer.” ¡Ah!, dirían los espadachines: esto no es asunto de armas, ¡sino de brazo experto!

          Una perla más para no dormir esta noche:El hombre ha de colmar su carta con promesas copiosas, promesas que él, desde el principio, sabrá que no tendrán cumplimiento.” ¡De “esperanzas de cumplimiento” se nutre el amor! Restan en el tintero detallitos nimios como ese del necio deseo femenino de recibir regalos y escuchar halagos, a sabiendas de su procedencia adventicia… ¡Leamos a Ovidio! ¡Compartamos con él nuestras experiencias!

          Y usted, caro lector, ¿me leerá el próximo domingo? ¡Quisiera creerle!

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