¡Buen domingo, querido lector! Continuemos con Erich Fromm. Suena bien eso de El arte de amar. De inmediato, Ovidio (43 a.C.-17 d.C.) se aposenta  frente a nosotros. Su lectura, no tan filosófica como la de Fromm, se ocupa de asuntos más específicos; se lo recomiendo con entusiasmo. Fromm nos pregunta si el amor es un arte. Según nuestra historia personal, daremos distintas respuestas y mantendremos inevitables diferencias. Del poeta latino desconfió Augusto, el césar legislador de la moral pública y capaz de quitar un día a febrero para que no fuera menor que julio –el mes del gran escritor de las Galias, asesinado un día antes del nacimiento de Ovidio. En esos momentos cuya consigna era el saber, surge El arte de amar entre otras “artes”. Su testimonio, a dos mil años, “comprueba que, a pesar de nuestro delirio de progreso y metamorfosis, la condición humana permanece inalterada y las palabras del poeta, intactas”, afirma Laura Emilia Pacheco, en el brillante y fundamental prólogo a esta obra (Océano, 2002) cuya presencia recomiendo a usted para su mesa de noche.

          Fromm basa su estudio en una premisa aparentemente muy simple: “el amor es un arte” cuyo significado –muy específico en nuestros días– no pierde su origen griego: tecné. Sí: “Virtud, disposición y habilidad para hacer algo. // Conjunto de preceptos y reglas para hacer bien algo” (pensemos en las artes poética, plumaria, popular o hasta en las marciales). ¿Y por qué no hemos de aplicarnos con devoción ejemplar al arte de ofrecer nuestro amor a algo o a alguien? Pues sí, también eso es un arte, si deseamos hacerlo bien. “El amor es un poder que atraviesa las barreras que separan al hombre de sus semejantes y lo une a los demás; el amor lo capacita para superar su sentimiento de aislamiento, y no obstante le permite ser él mismo, mantener su integridad.”, dice Fromm y nos habla de los objetos amorosos: fraternal, materno, erótico, a sí mismo, a Dios. Pero –ya sabe usted: la pajita no falta–, se pone un tanto exigente y nos avisa: para amar, lo primero es “dar”. ¡Qué horror!, pero, ¿por qué?, ¿y luego?, ¿hay más? Para desgracia nuestra, sí: Fromm tiene en cuenta la importancia de “ciertos elementos básicos, comunes a todas las formas del amor.” Esos elementos son: conocimiento, cuidado, respeto y responsabilidad. Y surgen ejemplos ilustradores e inobjetables: si usted ama sus flores, las cuidará, y para cuidarlas, deberá conocerlas, porque nunca cuidará bien lo que no conoce. El conocimiento y el cuidado implican una responsabilidad como acto voluntario: ser responsable es “estar listo y dispuesto a responder: quien ama, responde.” Y para evitar  la degeneración de esta responsabilidad en “dominación y posesividad”, debemos respetar al sujeto amado: respeto “no significa temor y sumisa reverencia; sólo denota la capacidad de ver a una persona tal cual es”. Respetar a quien amamos es tener conciencia de su individualidad.

      ¿Qué le parece este ideario? ¿Será fácil amar? Oiga, ¿y usted ha amado mucho?

          ¿Pero me leerá el próximo domingo? ¿De veras? Gracias. Lo espero.

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