¡Buen domingo, querido lector! Cada vez que volvemos a este clásico de Erich  Fromm, llega a nuestra memoria el infeliz prisionero Segismundo, símbolo del hombre y su eterna lamentación por la libertad. La anécdota de La vida es sueño es importante en cuanto representación de la lucha perenne por el más caro bien del ser humano.

            ¡Ay, mísero de mí! ¿Ay, infelice! / apurar, cielos, pretendo, / ya que me tratáis así, / qué delito cometí contra vosotros naciendo? [ … ] Nace el ave, y con las galas / que le dan belleza suma, / apenas es flor de pluma / o ramillete con alas, / cuando las etéreas salas / corta con velocidad, / negándose a la piedad / del nido que deja en calma: / ¿y teniendo yo más alma / tengo menos libertad? […] ¿Qué ley, justicia o razón / negar a los hombres sabe / privilegio tan süave, / excepción tan principal, / que Dios le ha dado a un cristal, / a un pez, a un bruto y a un ave?  

          Esta obra esencial del teatro europeo de su tiempo, suma de ambiciones espirituales y temores obvios, ha concitado las miradas más agudas no sólo en su quehacer teatral, sino, fundamentalmente, en el espíritu secular apresado por Calderón de la Barca (1600-1681), amo y señor del xvii peninsular.  En ese mismo instante, en tierras de Nueva España, nuestra ilustre jerónima, cohartada por su momento, clamaba por esa misma libertad hacia el conocimiento, hacia el derecho de saber. Vientos del siglo… no cabe duda.

            Asediado desde diferentes ángulos o intenciones, el tema de la libertad es semilla fértil. Fromm se ocupa de su significado en el hombre moderno y “del porqué y del cómo de sus intentos de rehuirla”. El hombre de hoy ha creado la cultura que lo rodea y, a su vez, es modelado por ella. En este juego,  “no ha ganado la libertad en el sentido positivo de la realización de su ser individual, o sea la expresión de su potencialidad intelectual, emocional y sensitiva.” La libertad lo ha aislado y lo ha tornado “ansioso e impotente”.

            Gregario, el hombre teme a la soledad y, por consiguiente, a la responsabilidad de ser uno. Estar solo –caminar solo, pensar solo, vivir solo– es bueno para una vez, como experiencia única, pero no como forma de vida. ¿Cuáles son las alternativas para salir de esa soledad? La respuesta es muy simple: perder la individualidad y someterse a las normas comunes para todos, es decir, entrar en la conformidad automática. ¿Acaso la libertad tiene grados?, ¿una es la personal, otra la familiar, otra la social?, ¿cuál de ellas estaríamos dispuestos a perder para no convertirnos en anacoretas o en cenobitas ajenos a una sociedad que quiere marchar unida, como un solo hombre, confiada en la cómoda estandarización de sus individuos?

            Nosotros, infelices segismundos, ¿no tememos al naufragio de la personalidad?, ¿cuál libertad necesitamos por encima de todas las libertades?  En El miedo a la libertad, diagnóstico de nuestros tiempos, Fromm nos llama   la atención sobre asuntillos muy molestos, pero no nos obliga a nada. Bueno, eso creo. Usted tiene la libertad de decir la última palabra.

          ¿Y me leerá el próximo domingo? ¿De veras? Gracias. Lo espero.

 

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