¡Buen domingo, querido lector! veritas odium parit, dijo Terencio. Así es: “Las verdades generan odio”. ¿Quién es capaz de contemplar frente a frente a la verdad o a las múltiples verdades integrantes de nuestra realidad? La verdad es un bocado muy difícil de tragar: suele lastimar la garganta, arruinar el estómago y alterar toda nuestra fisiología. Las engañifas, las certezas ocultadas o a medias, los conceptos maquillados son los placebos que engullimos gustosos, a pesar de esa lejana voz interior cuyo grito nos avisa de la presencia de algo no muy claro, de un error, de una falsa concepción de las ideas. Pero nuestra manía prevaricadora vence y nos hace sordos para no alterar nuestra comodidad, nuestra inmediatez. Después de todo… qué tanto es tantito. Y con esos tantitos construimos una falaz versión de la Vida y hasta de nuestra propia existencia. Sí, caro lector, usted está de acuerdo conmigo: la verdad es para los fuertes: su posesión implica responsabilidad. ¡Pues seamos fuertes! Leamos, discutamos, reflexionemos. ¡Enfrentemos el mundo!

        Gustamos de echar a cualquiera la culpa de la decadencia a la que nos aproximamos día con día. Los viejos dicen: son los jóvenes; los jóvenes afirman: son los viejos; los padres acusan de incompetencia a los maestros; los maestros, a los padres consentidores; el sistema reprocha la pésima colaboración ciudadana; los ciudadanos, la falta de compromiso de los distintos estadios gubernamentales. Nos oponemos y destruimos el trabajo ajeno, pero no ofrecemos un proyecto que lo sustituya. Señalamos los errores de otros –personas o instituciones–, pero no entregamos nuestro apoyo ni corregimos las fallas cotidianos, ni siquiera las nuestras. Y en este inacabable ping-pong no hallamos solución alguna.

        Alguien –de cuyo nombre no quiero acordarme– me dijo, convencido de una Gran Verdad: “A mí nadie me hará leer: sólo se mete uno en problemas”. ¡Y tenía toda, toditita la razón! Leer significa mirar lo que no deseamos mirar. Leer es escuchar ideas, conceptos, propuestas; es contemplar el entorno desde otras perspectivas, ésas de las que hemos huido por miedo a saber. Quedarnos en un solo lado del espejo –¿Espejito, espejito, ¿quién es la más hermosa?– es empobrecer nuestra experiencia. Temerosos de asumir nuestra fealdad o nuestras torceduras, vemos y oímos lo más conveniente y nos encaminamos hacia el precipicio. Pero en el fondo, muy en el fondo, no lo ignoramos: hemos sobornado al espejo para que nos oculte la auténtica faz de nuestro entorno, y lo hemos convertido, intencionalmente, en un instrumento alcahuete… dispuestos a ser felices creyendo en su respuesta.

        Sí, amigo mío, saber es comprometerse, en primer lugar, con nosotros mismos, no sólo como individuos, sino como partícipes de una sociedad que requiere, de manera urgente, nuestra mayor conciencia.

        ¡Leamos! Estemos al día. Abramos los ojos ante cada faceta de nuestro país. ¡Seamos fuertes! O usted, ¿qué piensa?

¿Y me leerá el próximo domingo? Gracias. Lo espero.

 

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