¡Buen domingo, querido lector! “¿Quién que es no es romántico?”, dijo El Nigromante. Y en alas de esta clase de aseveraciones, me atrevo a afirmar preguntando: ¿quién qué es no ha vivido una paradoja? Esta riquísima forma de pensamiento persigue toda verdad hasta su centro mismo y nos acompaña día a día, momento a momento, hasta el extremo de explicar cada decisión, cada cambio, cada ruptura. Cuando afirmamos que somos vanguardistas, de manera automática renunciamos a lo que entendemos por tradición. Pero de la misma tradición parte toda ruptura. Si la tradición no existiera, tampoco existiría la vanguardia. El y el no están más hermanados de lo que pensamos o de lo que quisiéramos creer. Quizá son uno mismo. No podemos ser sin dejar de ser. Elegir es renunciar. El fin es la continuidad del principio. El tiempo, no cabe duda, es circular. No hay principio ni fin. Esto se aplica al pensamiento, a las acciones, a la conducta, al carácter, a los valores. 

     ¿Por qué cuando leemos a un escritor de hace cuatrocientos años –pongamos a Cervantes como modelo clásico– salvadas las diferencias inevitables de la gramática histórica, de los contextos urbanos, de los usos y costumbres, de la estética, en fin, nos identificamos en plenitud con ciertos principios inmortales y en los que deseamos seguir creyendo y, lo sabemos bien, siempre creeremos a pesar de nuestras debilidades prevaricadoras. Si tenemos en cuenta los avances velocísimos de la tecnología, y si todo lo consignamos desde esos parámetros, cuatrocientos años deberían hacer una gran diferencia, y no es así. Hay ideales del pasado aún inalcanzables. En esos cielos tan remotos brillaban estrellas inmarcesibles desconocidas en nuestro hoy, pero que desearíamos admirar.

     ¿En dónde concluye la tradición y se inicia la vanguardia?, ¿acaso hemos renunciado a algo?, ¿con qué principios hemos roto o sólo han sido falsas oblaciones a la “modernidad”? ” ¿Y es necesario ser “totalmente” moderno?, ¿o absolutamente tradicional? No es necesario llegar a estos extremos: no somos ni lo uno ni lo otro, llevamos en la vida el germen de la muerte. Somos eternos Sísifos. Lo ha dicho Platón: “nacer es empezar a morir”  –gran paradoja–, y por ello somos los mismos y, a la vez, distintos. La mudanza –única verdad– vive en nosotros y nos impide afincarnos en ningún sustrato. Somos movimiento. Tenemos el inevitable destino de cambiar, de transformarnos, de ser mejores o peores y, por supuesto, de no ser los mismos.

     Ahora bien, hay instantes en los que esa perenne transformación exige mayores esfuerzos, es más efectista, o más difícil, o más espectacular, pero como resultado ineluctable de esos instantes, por fortuna, surge una huella precisa, exacta, indeleble, ya sea en forma de un texto escrito, de un lienzo, de una composición musical, de  un edificio, de una escultura. Sí, una huella. Y esas huellas son las marcas de las estaciones del destino, más colectivo que propio.  Son las señales de nuestra historia. O ¿no lo cree usted así?

     ¿Y me leerá el próximo domingo? Gracias. Lo espero.

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