¡Buen domingo, querido lector! Ya se lo he contado, pero permítame regresar a ese recuerdo por las gratas memorias que me trae a este presente ya tan complicado: sí, yo aprendí a leer en El Quijote, en una bellísima edición para niños. La elección fue de doña Alicia Argüelles, la maestra que nos obsequió, a mi hermano y a mí, las primeras letras. En ese ayer los padres gustaban de ejercer vigilancia sobre la enseñanza que formaba a sus hijos… y recibimos instrucción en casa. La contemplación de un libro de radiante colorido, pleno de signos y de figuras me hizo sentir dueña de un tesoro. En efecto, ¡era un tesoro!, pero un tesoro admirado como una posesión infantil, con ese simplismo compañero de los niños cuando se saben poseedores de algo. Mi Quijote era un arsenal maravilloso de cuentos y de andanzas. La urgencia de escuchar más y más “historias” me encaminó hacia la lectura. Fue tal mi pasión por el infatigable y singular personaje, que cuando me preguntaron qué deseaba ser cuando fuera grande, pude afirmar, sin pensarlo dos veces: ¡Don Quijote de la Mancha! Imaginaba que ser don Quijote era algo así como un oficio, como una carrera profesional, como ser soldado o bombero. Y la tristeza y el desánimo invadieron mi ánima cuando supe que para ser Don Quijote era necesario nacer así: iluso y heroico, bondadoso y justiciero, noble y valiente y no sé cuántos atributos más, incomprensibles para mi verdísimo concepto del futuro. Yo sólo había vivido las aventuras de mi abuelo –soldado de proezas revolucionarias–, vislumbradas con arrobo cada tarde como si hubiéramos participado en ellas: su natural vocación de narrador nos enviaba al campo de batalla a luchar entre el tableteo de las ametralladoras, a cabalgar escuchando los toques de combate, a descansar con los sonidos de la noche, a realizar la limpieza de las armas, a alimentar a las caballerías. En todas esas hazañas no estábamos solos: mi hermano y yo éramos parte de un ejército y compartíamos cada momento con otros soldados.

       Cuando leímos el Quijote, admiramos a un guerrero solitario, a un luchador solo ante la vida y la adversidad, a un defensor de viudas y de huérfanos sin más armas que una lanza en astillero, una adarga de cuero, una vacía protectora y un rocín matalón de compañero. Y como asistente de guerra, un burdo campesino lleno de dudas y de miedos. Sí, yo quería ser Don Quijote… Y pasaron los meses. Entramos al colegio formal y nuevamente me encontré con el Señor de la Triste Figura, pero ahora era un personaje cuyos discursos había que comprender para entrar en su mundo. Nueva conversa llenó mis horas con el ilustre caballero andante.

       El tiempo siguió su curso. Y don Quijote me esperaba en la Universidad. Nos reconocimos amorosamente. Éramos viejos amigos. De su mano yo había ingresado en el alfabeto: él me había guiado en mis primeros garabatos. ¡Y reconstruimos los años de ausencia! ¡Y nos juramos ser amigos para siempre! ¡Para siempre!

       ¿Y usted, caro lector, me leerá el próximo domingo? Gracias. Lo espero.

 

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