¡Buen domingo, querido lector! Tiene usted toda la razón, ya no hay cartas de amor. Más aún, ya nadie escribe cartas. Ideas, emociones y sentimientos vuelan en las alas virtuales de miles de fríos medios electrónicos incapaces de soportar ningún peso, mucho menos los deliquios de un ser  enamorado. Pero empecemos por el principio, como debe ser. La carta es un documento anodino informador de múltiples asuntos: la llegada de alguien, la conclusión de un compromiso administrativo, el envío de algo, etc. La epístola comunica una necesidad interior y, aunque autodestinada, va dirigida a un amigo indemne a quien se le infligen íntimas lamentaciones.

     ¿Y las llamadas cartas de amor? Como puede usted deducir, más que cartas, son epístolas. Son un subgénero literario con doce mil años de antigüedad. ¿Recuerda usted a Dido?  Pues bien, Mariana  Alcoforado le dio fama allá por 1669, pero –según dicen los especialistas– esta monja portuguesa no existió: fue el seudónimo de un caballero, experto conocedor de la sensibilidad femenina y amante de profesión. Él publicó las famosísimas páginas que, desde hace más de trescientos años, ostentan el nombre de portuguesas: su presencia editorial dio lugar a una legión femenina que desafiaba esta clase de fogocidades como se experimenta la gimnasia saludable: con dolor consciente. Hoy día sólo son un interesante ejercicio retórico para intentar expresar las delicuescencias que nuestro siglo XXI, ajeno a toda turbulencia emocional, escasamente ha practicado.

     Escuche usted algunos de sus requerimientos sine qua non: 1. Es la queja de una mujer-doliente víctima de una ruptura de índole amatoria. 2. Forma parte de una serie epistolar en progresión dramática. 3. Es un monólogo en alternancia con un diálogo enfático, claro y detallado, cuyo referente es la pasión y el abandono. 4. Ofrece una confrontación solitaria con un amor traicionado. 5. Su único destinatario es el amante reclamado y no espera de él ninguna respuesta. 6. El hipotético lector debe ser persuadido de la verosimilitud de sus sentimientos. 7. La remitente necesita convencer[se] de que ella ha amado más de lo que ha sido amada. 8. Lo dicho, en realidad, es para quien lo escribe: se nutre de sí mismo. 9. La autora es la primera en asumir su propio arrebato.

     Ciertamente, han llegado a nuestros días algunos ejemplos epistolares cuyo dolor ha sobrevolado el tiempo y aún estremecen nuestro ánimo, pero hoy este género no suele publicarse, aunque está comprobada la existencia de mujeres capaces de asumir tantas desdichas y, a pesar suyo, dejar constancia de sus efectos y solazarse en sus infortunios.

    El próximo sábado 16 de mayo, a las 7 de la noche, Tomiyauh, Lectores en Voz Alta, leerá para usted Cartas de Amor, en Homenaje a Rosario Castellanos. Lo esperamos en la Biblioteca Rafael Ramírez Heredia, del Espacio Cultural Metropolitano. ¿Nos acompaña?

     05¿Y me leerá el próximo domingo? Gracias. Aquí estaré.

 

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