¡Buen domingo, querido lector! Hay palabras impactantes cuyo uso debemos restringir sólo para ciertos casos, así nos lo confirma la mitología, la historia, la política y, por supuesto, la literatura en sus caminos narrativos. Si bien llamamos personajes a todos los actores participantes en una obra (cuento, novela, drama), esta voz sólo debe aceptarse aquí como un referente para indicar el concepto clásico de persona exigido por el teatro griego para precisar sus interrelaciones. Ya en nuestros días esta palabra se extendió, y de manera muy merecida, a otro tipo de elementos: los de la Naturaleza, principalmente. Así, José Eustasio Rivera, en La vorágine (1924), nos muestra a una de las entidades más impactantes de la narrativa: la selva, eje rector de destinos y emociones, como podríamos afirmarlo de Hamlet o de Medea, cuya vida apercibimos por el entorno que los genera y los mueve. Y éste es el sentido de un personaje: su íntima relación con su hábitat y con cada uno de los elementos que lo justifican y lo hacen perenne, para bien o para mal; también exigimos estas condiciones de los sujetos reales si deseamos llamarlos así: necesitamos hallarle una meta a su existencia, una explicación a  su conducta; buenos o malos –¡temibles valores culturales!–, nos revelarán el epítome de su tiempo y, por eso mismo, se transformarán en un testimonio de su época.

            ¿Y qué con esta introducción ya tan larga? Pues estoy respondiendo en voz alta a una afirmación muy grave que me ha escocido el ánimo y no me fue posible aclarar: “Todos los personajes más famosos son clásicos”. ¡No, categóricamente, no! El clasicismo no se registra con el termómetro de la mercadotecnia o del espectáculo. Ni el libro más leído, ni los cantantes más escuchados, ni los bailarines más descoyuntables, ni los tecladistas más aplaudidos pueden ser calificados, por esos hechos, ni clásicos,  ni los mejores. El best seller es literatura de masas y sabemos bien lo que esto significa y a quiénes va dirigido; la música grupera no es arte; los saltimbancos de la diversión tienen su sitio y no es el de los clásicos. Y todos esos protagonistas de ellos mismos, cobijados en la narrativa atemporal con la capa de el bueno, el malo, el feo, el honrado, el ladrón, el villano, el guapo sólo son moldes pululantes por todos los siglos, y en todos han vivido con absoluta comodidad, pero sin pena ni gloria.

            Los verdaderos personajes, reales o ficcionales, se manifiestan con su propio estilo y por sus motivos únicos; su momento los enmarca y es el espacio que nos auxilia en su comprensión y en la de su hora: son resultado del devenir histórico y no tienen más sitio que el asumido por ellos o el otorgado por el artista que los descubrió. ¿O usted cree que en este hoy tendría sentido la presencia de Madame Bovary?, ¿o la del ilustre señor de La Mancha?, ¿o la de Ulises mismo? Ellos no son tipos repetidos como en las novelas baratas: son representativos del hombre en alguno de sus avatares; son seres palpitantes y han habitado una obra de arte.

            ¿Y me leerá el próximo domingo? Gracias. Lo espero.

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