¡Buen domingo, querido lector! He aquí tres nombres que no pueden integrar un trío, pero un lector muy acucioso me reclama no haber citado en mi charla anterior a los novohispanos más importantes. Juan Ruiz de Alarcón y Sor Juana, en efecto, pertenecen a la grandeza de las letras: Juana Inés, mexicana, y Ruiz de Alarcón en un aquí y un allá movedizos según lo iba requiriendo este criollo españolado que compitió en lides con los escritores áureos.

        Estas cumbres no coincidieron con Teresa: pertenecieron a tres momentos distintos de la historia, si bien los tres compartieron algunos dones artísticos: Juana Inés con Teresa, la poesía, y con Juan Ruiz, la dramaturgia: a éste no se le dio el estro poético sino de manera circunstancial, sin lustre ni gana: su verdadera vocación fue la jurídica, a pesar de su alternancia con los enormes Tirso de Molina y Luis de Góngora, y los temibles Lope de Vega y Francisco de Quevedo, de quienes guardó ingrata memoria. La poeta abulense  no escribió teatro. Nuestra Musa Décima, además de dramaturga, entre múltiples dotes artísticas y científicas que la adornaron, fue pintora, cosmógrafa, filósofa, contadora de su orden, musicóloga.

          Teresa de Jesús (Ávila, 28 de marzo de1515-Salamanca, 4 de octubre de1582); Juan Ruiz de Alarcón y Mendoza (Ciudad de México, 1580-Madrid, 4 de agosto de 1639), y Juana Inés de la Cruz (Nepantla, 12 de noviembre de 1648-Ciudad de México, 17 de abril de 1695).  Las cronologías aquí citadas pueden intranquilizar a los legos: los diccionarios especializados ofrecen distancias, no siempre mínimas, en lo relativo a fechas. Las tres figuras  son próceres de las letras y, por fortuna, gran tema de los estudiosos de hoy día. La disponibilidad de nuevos fondos documentales ha dado lugar a otras certezas. Así, el doctor Germán Viveros, en su prólogo a El desdichado en fingir y No hay mal que por bien no venga (unam, 1999), afirma que Juan Ruiz de Alarcón nació en la Ciudad de México y no en Taxco, supuesta ciudad de su origen. En el caso de Sor Juana, su nacimiento había sido fijado el 12 de noviembre de 1651 por Diego Calleja, religioso jesuita con quien ella sostuvo nutrida correspondencia y, a manera de imprimatur editorial, escribió la primera biografía de la jerónima para Obras y Fama Posthuma de la Madre Sor Juana Inés de la Cruz, conocida hasta1936. Octavio Paz, en su Juana Inés de la Cruz o Las trampas de la fe (Seix Barral, 1982), avala el acta de bautismo encontrada por Alberto G. Salceda y Guillermo Ramírez España “en la parroquia de Chimalhuacán, a cuya jurisdicción pertenecía Nepantla”; allí se asienta que “el 2 de diciembre de 1648 fue bautizada una niña, ‘Inés, hija de la Iglesia; fueron sus padrinos Miguel Ramírez y Beatriz Ramírez’. Los padrinos eran hermanos de la madre de Juana Inés”. Así, conservo el día y corrijo el año.

       Tres momentos consecutivos de la historia literaria, tres figuras estelares. Honremos su memoria leyendo su obra.

             Y usted, caro lector, ¿me leerá el próximo domingo? Gracias. Lo espero.

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