¡Buen domingo, querido lector! Para los estrictos fines de esta charla, me detengo en la tercera y cuarta acepciones de esa voz tenaz y porfiada como las sirenas cantoras de la Ilíada:

mito. Persona o cosa rodeada de extraordinaria estima. // Persona a la que se atribuyen cualidades o excelencias que no tienen, o bien una realidad de la que carecen.

        En ambas acepciones, el diccionario soporta su definición en algo “atribuible”. La inseguridad se abre ante nosotros: lo irreal, lo subjetivo, lo no comprobable. Si hablamos de “estima”, todo se reduce a la perspectiva individual de quien mire a la “persona o cosa” estimada. Alejémonos del terreno humano y vayamos hacia objetivos más cómodos, quizá deleznables. Veamos un ejemplo no tan lejano.

           Hay personas que, sin pertenecer al jet set, gustan de contemplar con avidez los desfiles de temporada de los diseñadores más famosos. Estas personas nunca “lucirían” esos atavíos porque no forman filas en esa clase y tampoco tienen acceso a los lugares dónde se ostenta la moda más atrevida (los bienes binarios se complementan de manera irreductible). ¿Se atreverían a presentarse en una reunión luciendo un atavío europeo de última hora, sólo porque disponen de los medios económicos para adquirirlo? ¿Cuál sería la actitud de las “amistades” más osadas, pero incapaces de tales arrestos… por principios de elegancia fundada en otros paradigmas, etc.? ¿Las personas en cuestión se resignarán tan sólo al arrobo fílmico ante tales novedades, si bien gustarían de disfrutarlas personalmente? ¿Qué es lo que estas personas en verdad “necesitan”?, ¿el atuendo novedoso y sensacional o la pertenencia a la clase que puede exhibirlo? Estamos, pues, frente a una cadena de posibilidades derivada del enajenamiento o deseo de posesión de tales o cuales bienes o apariencias reflectoras de cierto estatus. Estas ambiciones, obviamente, manifiestan las carencias de los sujetos deseantes, y estas carencias son las que fundan los mitos personales. La admiración-necesidad dirige sus anhelos hacia un patrimonio ajeno, pero no en cuanto bien mismo sino en cuanto “calidad personal para ostentarlo”. Me explico: supongamos que se posee la capacidad adquisitiva para echarse encima el oro y el moro, pero… ¿y la clase social, la figura, la estatura, el porte, el atrevimiento, el escenario para lucir el modelito? Pues sí, en esto consiste el mito: en investir a un objeto de valores no intrínsecos sino dependientes de otras situaciones que lo apoyan para subsistir, pero sin ellas, “la persona o cosa estimada” pierde su calidad mítica.

          Y dígame, carísimo lector, ¿no sucede lo mismo cuando mitificamos a actores, artistas, políticos, ciudades, proyectos, parejas, momentos, amigos, parientes?… ¿Cree usted que deberíamos hacer una higienización de nuestros mitos personales?, ¿usted conoce los suyos? Por favor, cuénteme… espero desmenuzar su lista para iniciar mi propio catálogo mítico. Solicito su apoyo.

            ¿Y nos veremos aquí el próximo domingo?  Gracias. Lo espero.

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