¡Buen domingo, querido lector! La palabra amor ronda nuestra vida, nuestro hacer cotidiano, nuestros pensamientos, gustos, preferencias, trabajo. Esta interesante voz, colmada a veces de miel casi hiblea, diariamente es ofendida con escarnio, indiferencia, abusos, malas interpretaciones, ambigüedades. Nosotros no la amamos: no nos hemos detenido en su significado nato.

         Le propongo, caro lector, olvidarnos de la paupérrima definición del amor ofrecida por el diccionario: a pesar de la columna que le dedica, no expresa situaciones y circunstancias elementales. ¿Podríamos preguntarnos por qué amamos?, ¿a quién o a quiénes y por qué?, ¿debemos agregarle al amor el verbo deber? ¿debemos amar, de manera obligatoria, a los animales, a las personas, a los niños, a las plantas, a los delincuentes y a todos los seres con quienes nos topamos en nuestra vida?, ¿sí?, ¿por qué?; ¿no?, ¿por qué?

         Todos somos hijos de nuestra Madre Naturaleza. Y esa Gran Madre nos ha parido a todos y nos ha dado un lugar en el Planeta y, por ello, hemos de cumplir una función. ¡Y más nos vale cumplirla! Si no aceptamos esto pasaríamos a la categoría de objetos desechables sin derecho a ocupar un lugar en el espacio y, por lo tanto, seríamos absolutamente prescindibles.

         Ciertamente, hay “amores” resultantes de algo. Me explico: amamos al perro porque él, de manera muy indiscriminada, nos colma de afecto, nos cuida la casa, nos escolta en la caminata diaria, se retrata con la familia. ¡Ah!, ¡suele acompañar a los necesitados!, jamás a los soledosos voluntarios!, ésos no lo requieren. Si el perro no cumple estos deberes, no nos sentimos obligados a amarlo: ¿qué hemos de agradecerle? Amábamos a las vacas porque nos daban leche; pero hoy día, ¿debemos amar a la máquina que elabora la fórmula encerrada en un tetrapac? ¡Por supuesto, no olvidemos el sirloin! Amamos al gato porque basta su olor para que los ratones huyan, pero si no hay ratones, no necesitamos gato, y mucho menos debemos amarlo. Amamos a los profesores de nuestros hijos cuando nos hacen verlos encantadores y a punto de entrar en la línea sucesoria de los futuros presidentes de la República –cuando este cargo era digno de ser anhelado–  pero cuando no es éste el caso, los profesores dejan de recibir nuestro amor y se convierten en sirvientes despreciables a quienes pagamos por un servicio.

         Definitivamente, no debemos amar a los elefantes ni a las mariposas ni a tantos hermosísimos seres con quienes compartimos el planeta: no nos sirven para nada. ¿O a usted le sirve especialmente para algo una hormiga, a pesar de su admirable disciplina genética?, ¿o necesita para algo a las gacelas?, ¿y qué me dice de la ninguna utilidad que nos proporcionan esas bellísimas y espectaculares tarántulas, o las aves maravillosas cuya perfección y elegancia se desplazan majestuosamente por los cielos, o todas las ramas de los saurios, maravillosa evocación del Cretáceo?

         Oiga, mi amigo, y usted, ¿a quién ama?, ¿y por qué?, ¿me lo cuenta? Ande, anímese, lo escucho.

         ¿Pero lo espero el domingo? Gracias.

 

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