¡Buen domingo, querido lector! En el Día de la Candelaria han podado mi jardín. De las ramas heridas por el filo inclemente del machete surgirán fuertes brazos colmados de opulentos racimos de flores magníficas. ¡Portentosa contradicción! Irreverente y verdadera. ¡De la Muerte nace la Vida!  Y estos sucesos, aparentemente irreconciliables, me dejan un aire de tristeza. Estoy segura: usted también ha conocido esa desazón cuando uno de esos momentos lo ha asaeteado de manera tan inflexible: soledad y compañía, tristeza y alegría; trabajar y descansar, viajar y permanecer en casa. ¡Y podemos llevar estas casi imposibles convivencias hasta el extremo personificado por Julieta y Romeo con su amor nacido del odio! La vida es como este calendario inmisericorde cuyas jóvenes hojas, sin aviso previo, envejecen innovadoramente,  y pronto, muy pronto, caen.

         Las relaciones de todo tipo son siempre así: nunca pretenden formas definitivas: lo que hoy es dejará de serlo mañana porque, como lo ha dicho el saber popular: “todo es uno y lo mismo”.

      Y usted me preguntará a qué viene todo este patético preámbulo. Pues sólo es un dolorido proemio para hablar de la rutina, de la costumbre, de ciertas despedidas. Cuando concluimos una tarea cuya constancia nos ha aquerenciado con ella, parece como si la abandonáramos o como si ella nos abandonara. Todo sentimiento de finitud, con seres humanos o no humanos, deja un hueco, un vacío, un  “¿y ahora qué?” ¿No le ha sucedido eso hasta cuando ha cambiado de licuadora o de refrigerador o de pareja?

     Sí, caro amigo, la rutina nos persigue y nosotros gustamos de esa persecución: ella nos salva de inventar un hacer cotidiano siempre distinto y, a veces, ¡oh, dioses!, hasta diferente. De los estilos de vida en persistente mudanza surgen los mejores infartos. Y la rutina, sin aspavientos, nos crea un dulce estar, un saludable vegetar, ¡oh, aurea mediocritas! Cuando la norma es “dejar pasar”, todo se convierte en miel sobre hojuelas Sí, pero esa comodidad también nos va descalificando para la lucha en el diario vivir. Todo depende de nuestra historia, naturalmente,

    Acaso no debamos atarnos a esos deberes automatizados que ya hacemos hasta con los ojos cerrados. Quizá convenga enfrentar lo novedoso, lo aventurado, lo riesgoso. El seguir veredas inusuales nos ejercita en una necesaria gimnasia intelectual y emocional: severa instructora para el superior caminar de todos los días y para conquistar una brillante agilidad en el florete social. Inevitablemente, los cambios nos entregan un espinoso coctel con ingredientes un tanto ingratos: desconfianza, intranquilidad, inseguridad: entidades abstractas indeseables como compañeras, pero que vale la pena no ignorar. Debemos saber de todo: es la mejor lección de supervivencia.

     Pero dígame, carísimo lector, ¿cómo anda usted de rutinas?, ¿tiene un gran catálogo de ellas?, ¿piensa conservarlas o ya lo hartaron?, ¿está haciendo algo al respecto? Ande, cuénteme.

         Deseo que entre sus rutinas esté la de leerme.  ¿Lo espero? Gracias.

 

 

 

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