¡Buen domingo, querido lector! No, no me conteste, sólo es una pregunta retórica la que encabeza esta columna. Como usted y yo sabemos, para definir ciertos conceptos valen desde nuestra estatura física hasta nuestras aficiones personales, pasando por nuestro árbol genealógico, nuestras proclividades morbosas, nuestras fortunas y nuestras adversidades y, sobre todo, el número exacto de galletas robadas de la despensa coquinaria cuando sólo éramos ladroncillos de cuatro años, deseantes de los dulces egoístamente guardados en casi inasequibles anaqueles, vigilados siempre por una cocinera-cancerbera dueña de bienes y males. ¿Y por qué importan las galletas? Pues porque augurarán nuestra capacidad o incapacidad para lograr, contra viento y marea, las metas que nos hemos propuesto.

          Para precisar ciertos términos, importa nuestra afición a algunos y no a otros acordes: no es lo mismo desear alebrestarnos el alma escuchando el Huapango de Moncayo, resumen erótico de pulsos populares, que agobiarnos dolorosamente con las patéticas armonías de algún “nocturno” de Chopin, maravillosos símbolos musicales ambas. ¿La procedencia estética de la apercepción del mundo no importa? Quizá no.

         Y también define nuestra estética la preferencia por los colores derramados sobre nuestros ojos por el Muro de la Luna de Joan Miró, o por el arrobo místico de Miguel Ángel ante La Creación, indudables obras de arte cada una de ellas. ¿La distancia temporal no cuenta a la hora de los juicios? Tal vez no.

         Y por qué invaden y exultan y alteran, no sólo nuestra imaginación, sino hasta nuestra tensión arterial, los ritmos antillanos llevados al culmen de las  simetrías rítmicas por sus poetas: (Por la encendida calle antillana / va Tembandumba de la Quimbamba. / Tumba, macumba, candombe y bámbula. / Va Tembandumba de la Quimbamba.). Pero también nos afectan y azoran y sobresaltan los noctívagos octosílabos lorquianos que nos invitan a respirar y a vivir momentos sonámbulos (Verde que te quiero verde. / Verde viento. Verdes ramas. / El barco sobre la mar / y el caballo en la montaña). Impecables y purísimas voces esenciales. ¿Tampoco importa la exaltación de los sentidos ni estar o no en el mundo de los soñantes?

         Pues, mire usted, después de acudir a Freud (“satisfacción  indirecta de un deseo reprimido”), a Lukacs (“modo de manifestación de la autoconciencia de la humanidad”), a Collingwood (“expresión imaginativa de una emoción”) o a Della Volpe (“lenguaje o discurso cuyos signos forman parte de un contexto semántico orgánico y autónomo”), prefiero a Marx. Y si bien él tocó estos temas para entender su concepción del hombre, cuando lo escuchamos aquí y allá aceptaremos con él que cada manifestación artística es una entidad única, irrepetible, consumada por extrañas mociones cuyo ser radica en su natural e inexplicable inmanencia.

         Y ahora, caro lector, sin retórica alguna, ¿qué es el arte para usted? Pero, sobre todo,  ¿me leerá el próximo domingo? Gracias. Lo espero.

 

 

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