¡Buen domingo, querido lector! Cuando hemos estado frente a un cuadro cuya comprensión es un reto, usted y yo dudamos si ese lienzo es una obra de arte o si el autor nos está tomando el pelo. Sucede lo mismo cuando leemos ciertos  textos poéticos o narrativos y no nos es fácil penetrar sus códigos.

         Cuando preguntamos a un filólogo qué es un poema, responderá: es la expresión escrita que sirve de vehículo a la poesía; el teórico de la literatura afirmará: “la poesía es el arte que se manifiesta por la palabra” (Pfeiffer); el poeta dogmatizará: “el poema es el lugar de encuentro entre la poesía y el hombre” y el poema “es un organismo verbal que contiene, suscita o emite poesía” (Paz). Y estamos de acuerdo con todos ellos, sobre todo si formamos filas entre los parroquianos de la literatura.

          Pero, ¿qué sucede cuando acudimos a un economista para consultarle  qué es una obra de arte? Bueno, esto ya es otro cantar: Su respuesta es muy clara y precisa: ”una obra de arte es un bien privado porque el consumidor paga por ella –ya sean libros, el acceso a un baile típico (en el caso de que sea gratuito, paga el costo del viaje o de los impuestos) o una entrada a la ópera”, pero también es un bien cultural: “genera, contiene y expande valores culturales”. Así pues, “un bien cultural tiene valor económico (visible y medible) y valor cultural (externalidad positiva, de difícil observación y medición). Los bienes culturales se mueven en un mercado dual: el mercado físico (bienes comunes y materiales) y el mercado de las ideas (mercado simbólico o de valoraciones).”  Por todo esto, la distinguida economista Cristina Rascón Castro nos explica que “una obra de arte es a la vez un bien privado, un bien público, un bien cultural y un bien de mérito.” (La economía del arte. Nostra, 2009).

         Y todas estas miradas hacia un punto común –poema, pintura u obra de arte en general–, nos confirman que en cuanto nos salimos de los postulados científicos y merodeamos por otros reinos, se inicia una imagen especular donde las figuras se alargan, se achican, engordan y enflacan según la perspectiva desde donde se las mire. Cuando se citan palabras como: oferta y  demanda, juego de ideas, dinero, lujo, moda, o conceptos como: producción, industria cultural, mercado, utilidad, derechos de autor, y tantas más cuyos significados suelen oscilar libremente, los termómetros usuales explotan. ¿Y luego? Pues luego las obras de arte admiradas pasan a ciertas categorías donde nosotros perdemos la relación íntima que guardábamos con ellas cuando, además de indudables “productos de su época” y obvios “bienes económicos”, eran seres inconsútiles cuya esencia nos permitía amarlas.

         En fin, todo el proceso de culturización suele destruir las bellas oriflamas y ante nosotros sólo aparece algo llamado “bien cultural”. Como dijo el clásico: se nos ha quedado en los dedos el oro alado de las mariposas. Sí, caro lector, en la búsqueda de una mejor interpretación del mundo, hemos rectificado varios grados nuestra actitud estética. ¿O no lo cree usted así?

        ¿Pero me leerá el próximo domingo? Gracias. Aquí estaré.

 

 

 

 

https://endulcecharla.wordpress.com

 

 

 

 

 

 

 

 

Anuncios