¡Buen domingo, querido lector! Hoy es el último domingo de este agónico 2014 esperado hace trescientos sesenta y tantos días con tantas ilusiones, proyectos (laborales y personales) y no sé cuánto más apenas cumplido. Mi teoría al respecto –¡ay, siempre las teorías!– es no hacer el informe anual con su debe y su haber: ¡los resultados nunca son satisfactorios! Lo ciertamente importante es ponerle alma y corazón a nuestras metas, pero sustentadas en una desiderata incontrastable. Ella nos dirá con claridad dónde aflojamos el paso, cuándo perdimos el ritmo adecuado, en cuáles menesteres desperdiciamos nuestro tiempo, en qué momento se nos quebrantó la voluntad, por qué relegamos nuestros deberes ciudadanos a pesar de los eternos propósitos de enmienda, cuántas veces enviamos a un mañana hipotético nuestras obligaciones inminentes a sabiendas de nuestra gran capacidad de olvido. Sólo una desiderata íntima reflejará lo realmente añorado: frente a ella tendremos la mejor fragua para nuestros planes y, tal vez, el buen éxito corone nuestros esfuerzos…  si estamos dispuestos a esforzarnos.

     ¿Y no cree usted, carísimo lector, que en esa desiderata debemos incluir el amor? Sí, amigo, sí, el amor, esa palabra traída, llevada y jamás conocida pero conformada con nuestra raquítica ideología al respecto: nos ha dado por llamar amor a las aficiones ligeras y superficiales, y a las tentaciones efímeras e intrascendentes: son muy cómodas y no nos comprometen… pero el amor es un compromiso. ¿O no lo cree usted así?

     Veamos: cada año regalamos a nuestro hogar esos enseres domésticos proveedores de increíbles comodidades para nosotros –licuadoras maravillosas, sartenes fantásticos, gimnasios extraordinarios. Pues ahora le propongo, para el nuevo año, completar esa lista con el mejor de todos los enseres: el amor, sí, el amor como un instrumento más para la armonía de la vida, de la familia, de la comunidad, del estado, del país. Estoy hablándole de un amor intenso, primordial en nuestro modo de vivir. Yo lo invito, caro lector, a amar ciegamente, lealmente, formalmente, a nuestra ciudad: a conocerla con sus aciertos y con sus errores y a hacer de ella un espacio hermoso cada vez más amable donde sintamos en cada una de sus baldosas el paso de los próceres de nuestra historia, baldosas que, sin lugar a dudas, han conocido tiempos mejores.

     ¡Ande, vamos a comprometernos con Tampico y a entregarle nuestro amor!  ¡Pero un amor auténtico: consciente, cuidadoso, respetuoso, responsable, como debe ser el amor –¿recuerda usted a Eric Fromm? Hay tantos obsequios para regalarle ahora mismo: no permitir presencias ingratas, no autodenigrarnos, no vivir en la quejumbre, pero también fomentar las altas expresiones de la cultura, estar pendiente de los actos de las autoridades cuya función es cuidarlo, buscar una actividad en la que podamos serle útil… Ande, vamos a declararle nuestro amor a la ciudad y digámosle orgullosamente: ¡Feliz 2015, Tampico, yo te amo y aquí estoy para ti!

     ¿Y me leerá el próximo domingo? Gracias. Lo espero.

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