¡Buen domingo, querido lector! Vaticinan los tecnólogos que muy pronto los libros desaparecerán: como instrumentos para nuestra instrucción, como expresión impresa del pensamiento de los escritores en sus diferentes áreas: literatura, investigación humanística o científica, manuales, obras de consulta, etc. El vaticinio incluye su próxima consideración como objetos de museo, así como ya disfrutan de ella algunos aparatos de electrónica primitiva.

            Y cuál ha sido nuestra colaboración en pro de este augurio: en los hogares ya no se lee de manera cotidiana; el libro, antiguo habitante de nuestro bolso, ha sido desplazado en favor de un “ai algo” adosado al cerebro; en las escuelas –desde la primaria hasta la preparatoria– las bibliografías han sido sustituidas por capítulos “bajables” de alguno de los sistemas electrónicos al servicio de la “cultura”; en las reuniones sociales ya no se comenta al escritor del momento. Así, pues, los compañeros de nuestras mejores horas han iniciado su camino hacia las tinieblas. He visto un anuncio sui géneris: se invita a los consumidores a conocer “un libro”, sus bondades, su elegancia, sus aportaciones: este anuncio tiene hoy otro significado.

            Y para culminar estos propósitos, las “autoridades” encargadas de la supervisión bibliográfica en las bibliotecas municipales han considerado, en sus amenazantes  visitas periódicas a las entidades estatales, que los libros con más de cinco o diez años de publicación, “según los casos” (?), deben ir a algo llamado “descarte”, es decir, a la máquina de triturar, a la basura, a la muerte. ¿Y quién decidió ese número de años? La ley sólo envía, impasiblemente, al descanso eterno a las “ediciones anteriores de un mismo título, siempre que se cuente con alguna edición más reciente.” (?)

          Estoy segura: esta ley no ha sido debidamente desentrañada por sus ejecutores (¡sí!, ¡ejecutores!): conviene, pues, la vigilancia de los departamentos o direcciones “competentes” o “responsables” de donde han emanado estas letras.

            ¿Y en qué fundo esta aseveración? Pues en algo elemental: no puede haber una ley que ordene el asesinato de una primera edición: ellas significan un hito, un momento definitorio de la sociedad que la ha producido, y del mundo que ha conformado al escritor firmante de esa obra. Si enviamos a la muerte a esas primeras obras negaremos nuestro pasado bibliográfico, traicionaremos el espíritu de las bibliotecas, borraremos los catálogos, y cada página se transformará en papel sin ninguna razón para existir.

            Destruir las primeras presencias editoriales es uno de los absurdos mayores escuchados por usted y por mí, caro lector ¿Descartaría usted la primera edición de la Biblia?, ¿enviaría a la trituradora a la primera edición del Quijote?, ¿condenaría a la oscuridad eterna a esas obras que nos han dado un lugar en la historia?

            Enfrentemos la duda: ¿las leyes están siendo aplicadas correctamente?, ¿las leyes fueron mal redactadas? Usted… ¿qué cree?

             ¿Y me va a leer el próximo domingo? Gracias. Lo espero.

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